LA MIGRACIÓN SUMBILCANA: AÑO 1,900
Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui
Imagen sintética
que simula los viajes que realizaban los sumbilcanos por la ruta de Huachóc
hacia la ciudad de Lima.
No es posible determinar con exactitud el momento
en que se inició la migración de los pobladores de Sumbilca hacia la ciudad de
Lima. Sin embargo, puede afirmarse que, durante los primeros años del siglo XX,
ya existían sumbilcanos residiendo de manera permanente en la capital de la
República. Asimismo, se tiene conocimiento de que, incluso antes de 1900,
algunos habitantes de Sumbilca transitaban con frecuencia hacia Lima; no obstante,
dicho desplazamiento aún no puede ser considerado propiamente un proceso
migratorio estable, puesto que se trataba principalmente de una movilidad
temporal vinculada a actividades comerciales y de intercambio económico.
En ese contexto, resulta importante señalar que,
entre las décadas de 1910 y 1925, diversos grupos de sumbilcanos abandonaron
temporalmente su lugar de origen para emplearse como peones golondrinos en las
haciendas costeras del valle de Chancay. Este fenómeno respondió a la necesidad
de obtener recursos económicos complementarios frente a las limitadas
oportunidades laborales existentes en las zonas alto andinas. La migración
estacional constituyó, por tanto, una de las primeras manifestaciones de
movilidad social y económica de la población sumbilcana, configurando
progresivamente redes de contacto entre el ámbito rural serrano y los espacios
urbanos y agrícolas de la costa central peruana.
Las primeras incursiones hacia la ciudad de Lima se
realizaron siguiendo la ruta de Huachóc hacia Comas. Los viajeros efectuaban el
recorrido tanto a pie como utilizando animales de carga, especialmente mulas y
burros, debido a la inexistencia de carreteras y medios de transporte modernos.
La finalidad principal de estos desplazamientos era de carácter comercial, pues
los pobladores transportaban productos agrícolas y ganaderos de la sierra —como
papa, olluco, maíz, cebada, charqui, lana y derivados pecuarios— con el
propósito de venderlos en los mercados limeños. Del mismo modo, aprovechaban el
viaje para adquirir artículos manufacturados, herramientas, textiles y otros
productos que no podían obtenerse fácilmente en su localidad de origen.
Estas travesías representaban verdaderas jornadas
de sacrificio físico y resistencia humana. Los viajes por la ruta
Huachóc–Trapiche tenían una duración aproximada de tres a cuatro días,
dependiendo de las condiciones climáticas, la intensidad de la caminata y el
estado de los caminos. Generalmente, los viajeros se desplazaban en grupos o
caravanas, tanto por razones de seguridad como de apoyo mutuo, debido al
constante riesgo de asaltos y accidentes durante el trayecto. La solidaridad
entre paisanos constituyó un elemento fundamental para afrontar las
dificultades del viaje y fortaleció los vínculos de identidad colectiva entre
los migrantes sumbilcanos.
Cuando no se presentaban inconvenientes durante el
recorrido, los viajeros ingresaban a Lima por la histórica Portada de Guía,
ubicada en el actual cruce de las avenidas Francisco Pizarro, Túpac Amaru y
Caquetá, en el distrito del Rímac. Posteriormente, continuaban su trayecto por
la antigua calle Malambo —actual avenida Francisco Pizarro— hasta llegar al
denominado Tambo de Huamantanga, lugar donde habitualmente pernoctaban y
establecían contacto con otros migrantes procedentes de la sierra limeña.
El antiguo “Tambo de Huamantanga” desempeñó un
papel de gran relevancia en la dinámica migratoria andina hacia Lima. Más que
un simple hospedaje, constituyó un espacio de acogida comunal, integración
social y articulación cultural para los migrantes provenientes de las
provincias alto andinas del departamento de Lima, especialmente de la provincia
de Canta. Dicho establecimiento funcionó como centro de residencia temporal,
punto de encuentro entre paisanos y base organizativa para las actividades
comerciales y religiosas desarrolladas por las comunidades migrantes. Asimismo,
contribuyó al fortalecimiento de redes de solidaridad y reciprocidad que
facilitaron la adaptación de los recién llegados al entorno urbano limeño.
Después de permanecer aproximadamente entre siete y
ocho días en la capital, los viajeros emprendían el retorno hacia Sumbilca,
enfrentando nuevamente las dificultades del extenso recorrido andino. Este
constante desplazamiento de ida y vuelta no solo permitió el intercambio
económico entre la sierra y la costa, sino que también favoreció la circulación
de conocimientos, costumbres, experiencias y nuevas formas de organización
social que, con el tiempo, influirían significativamente en las
transformaciones culturales y económicas de la comunidad sumbilcana.
Posteriormente, durante la década de 1950, el
proceso migratorio experimentó un incremento considerable con la llegada de la
carretera al pueblo de Sumbilca. La construcción de vías de comunicación
facilitó el acceso hacia Lima y otras ciudades costeras, reduciendo los tiempos
de viaje y ampliando las posibilidades de desplazamiento permanente. Este
acontecimiento marcó un punto de inflexión en la historia local, pues
intensificó el éxodo poblacional hacia la capital y consolidó la migración como
una estrategia de progreso económico, acceso educativo y búsqueda de mejores
condiciones de vida para numerosas familias sumbilcanas.
En consecuencia, la migración sumbilcana debe
entenderse como un proceso histórico complejo y gradual, estrechamente
relacionado con factores económicos, sociales y territoriales. Más allá del
simple desplazamiento geográfico, representó una experiencia colectiva de
adaptación, supervivencia y construcción de nuevas identidades, mediante la
cual los migrantes mantuvieron fuertes vínculos culturales y afectivos con su
tierra de origen, al tiempo que participaron activamente en la transformación
social y urbana de la ciudad de Lima.
Los Pioneros de la Migración Sumbilcana
El
artículo “los Pioneros de la Migración Sumbilcana”, fue publicado en la Revista
“WALLPO” No. 04, página 22, el año 1982 - revista de la Asociación de
Instituciones Sumbilcanas (AIS). Ahora publicamos el mismo artículo en una
nueva versión corregida con estilo narrativo.
El alba de 1900 despertó sobre las montañas de Sumbilca como un manto
dorado extendido por los dedos de Dios. El pequeño pueblo serrano, enclavado
entre cerros silenciosos y quebradas antiguas, parecía respirar con la
resignación milenaria de la tierra andina. Allí, donde el viento conversaba con
las chachacomas, y las campanas de la vieja
iglesia rompían la quietud de las madrugadas, comenzó la travesía de aquellos
hombres y mujeres que habrían de convertirse en los primeros conquistadores del
camino hacia Lima.
En las
humildes viviendas de adobe, el movimiento empezaba antes que el sol. Las
mujeres avivaban el fuego de los fogones mientras el humo ascendía en espirales
azulinas hacia los techos de teja rojiza. Los viajeros se preparaban para una
empresa que muchos consideraban desmesurada: caminar durante cuatro días
atravesando quebradas desérticas, llanuras secas y áridas para llegar a la gran
capital.
Cada familia
participaba del ritual de la despedida como si fuese una ceremonia sagrada. Las
talegas eran llenadas con cancha tostada y trozos de queso anejo y de asado
ennegrecido por el carbón; los porongos rebosaban de cachipa fresca para
mitigar la sed en los parajes hostiles. Las mulas y los recios asnos aguardaban
cargados con sacos de papas y ollucos, semejando pequeñas fortalezas ambulantes
destinadas a desafiar la inmensidad del camino.
Los hombres,
curtidos por la helada y el trabajo de la chacra, aparentaban firmeza; pero en
el fondo de sus ojos ardía una mezcla de esperanza y temor. Sabían que el
sendero de herradura no solo estaba poblado de precipicios y soledades, sino
también de salteadores que acechaban como lobos invisibles en los descampados
cercanos a Trapiche.
Cuando
finalmente partieron, el pueblo entero observó la caravana alejarse lentamente
por Antacoto. Los cascos de las bestias golpeaban las piedras con un eco grave
y melancólico, mientras el polvo se levantaba detrás de ellos como una nube
fantasmal. Las madres hacían la señal de la cruz; los niños corrían detrás de
los viajeros hasta que el cansancio les vencía; y las ancianas, inmóviles en
los umbrales, miraban perderse a sus familiares con la angustia muda de quien
ignora si volverá a verlos.
El primer
día de viaje estuvo dominado por la montaña. El camino ascendía y descendía
entre peñascos gigantescos que parecían vigilar a los caminantes desde tiempos
remotos. El frío mordía los rostros al amanecer y, al caer la tarde, el
cansancio pesaba sobre los hombros como un yunque invisible. Sin embargo,
ninguno se detenía. Avanzaban unidos, formando aquella pequeña caravana
solidaria nacida del miedo compartido y de la necesidad mutua.
Al llegar la
noche, encendieron una fogata en medio de un paraje desolado, después de
Pacaybamba. El fuego iluminó sus semblantes endurecidos y proyectó sombras temblorosas
sobre las rocas. Mientras comían en silencio, algunos recordaban las historias
de viajeros despojados por bandidos; otros hablaban de Lima como si se tratase
de una ciudad fabulosa, donde las calles nunca dormían y las tiendas rebosaban
de mercancías maravillosas.
El segundo
día fue más cruel. Las montañas quedaron atrás y el paisaje comenzó a
transformarse en una vasta extensión seca y desolada. El desierto aparecía ante
ellos como un océano inmóvil de arena y polvo. El sol caía verticalmente sobre
los viajeros con una violencia abrasadora; el aire ardía en los pulmones y las
gargantas se convertían en piedra reseca.
Aun así,
seguían avanzando. Las bestias caminaban cabizbajas, arrastrando las cargas
entre remolinos de tierra. De vez en cuando, alguno de los hombres levantaba la
mirada hacia el horizonte infinito y sentía que el camino jamás terminaría.
Pero había algo más poderoso que el agotamiento: la esperanza de vender sus
productos en los mercados limeños y regresar al pueblo con dinero, telas finas
y las “delicias” de la capital.
Al caer la
tarde de aquel segundo día, divisaron a lo lejos unos jinetes desconocidos, que
venían por la ruta de Huachóc. Un silencio denso se extendió entre los
viajeros. Las manos se tensaron sobre las sogas de las recuas y los corazones
comenzaron a golpear con fuerza. Durante unos instantes, el miedo se deslizó
entre ellos como una serpiente oscura. Pero los jinetes continuaron de largo,
perdiéndose entre las polvaredas del camino. Entonces, un suspiro colectivo
alivió la tensión y la caravana prosiguió su marcha bajo un cielo rojizo que
parecía incendiarse lentamente.
La tercera
jornada estuvo marcada por el cansancio extremo. Los pies inflamados sangraban
dentro de los “shucuys”; los cuerpos parecían doblarse bajo el peso del sueño y
del esfuerzo. Sin embargo, cuando el amanecer comenzó a teñir el horizonte con
tonos cenicientos, apareció ante sus ojos la silueta inmensa de Lima.
La ciudad
emergía cubierta por una neblina húmeda y gris, tan distinta al aire puro de
Sumbilca. Para aquellos hombres serranos, la capital parecía un monstruo
gigantesco respirando humo y bullicio.
Finalmente,
después de tres días de penosa travesía, llegaron a la Portada de Guía, el
antiguo ingreso a Lima. Allí descargaron las recuas mientras el ruido de la
ciudad los envolvía con su confusión interminable: pregones de vendedores,
ruedas chirriantes, voces desconocidas y olores que mezclaban el mar, el carbón
y la humedad.
Los viajeros
contemplaron aquel mundo nuevo con asombro contenido. Algunos sintieron
orgullo; otros, nostalgia inmediata por las montañas lejanas. Sin embargo,
todos comprendieron que habían cruzado una frontera invisible: ya no eran
únicamente campesinos de un remoto pueblo andino, sino pioneros de una ruta que
cambiaría para siempre la historia de Sumbilca.
En los días
siguientes venderían sus productos, recorrerían las calles limeñas y dormirían
hacinados en el “Tambo Huamantanga”, donde el frío capitalino penetraba hasta
los huesos. Pero ninguna incomodidad lograría borrar la grandeza de aquella
primera odisea.
Porque
mientras las noches húmedas de Lima envolvían a los viajeros, en lo profundo de
los Andes, la tierra antigua de los ishcayantas esperaba silenciosamente el
retorno de sus hijos; aunque también presentía, con la tristeza sabia de las
montañas eternas, que la seductora ciudad terminaría conquistando el corazón de
muchos de ellos.
Ruyer
Espinoza Yupanqui.
