lunes, 20 de julio de 2026

FOLKLOR NARRATIVO DEL PUEBLO DE SUMBILCA

 


FOLKLOR NARRATIVO DEL PUEBLO DE SUMBILCA

Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui




 

La comunidad de Sumbilca posee un valioso patrimonio cultural inmaterial, cuya riqueza se expresa en la diversidad de sus manifestaciones folklóricas, entre las que destacan el singular estilo de sus huaynos interpretados con arpa y violín, sus danzas tradicionales, sus festividades, costumbres, creencias y expresiones de la religiosidad popular. A este importante legado se suma un vasto repertorio de narraciones tradicionales que, transmitidas de generación en generación mediante la tradición oral, constituyen uno de los testimonios más representativos de la memoria colectiva y de la identidad cultural del pueblo.

Dentro de este acervo destacan numerosos relatos vinculados con determinados espacios geográficos que, de acuerdo con la tradición popular, reciben diversas denominaciones, tales como lugares legendarios, espacios míticos, parajes encantados, escenarios sobrenaturales, sitios misteriosos o territorios fabulosos. Estas designaciones responden a la naturaleza de las historias que allí se desarrollan y al conjunto de creencias heredadas por la comunidad a lo largo del tiempo. En dichos escenarios, la realidad cotidiana se entrelaza con la imaginación, dando origen a narraciones donde convergen lo maravilloso, lo mágico y lo inexplicable, elementos que forman parte del universo simbólico de la cosmovisión andina.

Estos relatos no solo constituyen expresiones literarias de carácter popular, sino que representan valiosas fuentes de conocimiento sobre la forma en que las generaciones pasadas interpretaron el entorno natural, los fenómenos desconocidos y las experiencias extraordinarias. A través de ellos se transmiten valores, enseñanzas morales, advertencias, normas de convivencia y concepciones ancestrales sobre la relación entre el ser humano, la naturaleza y las fuerzas sobrenaturales, contribuyendo así a fortalecer el sentido de pertenencia e identidad de la población.

Asimismo, el folklore narrativo desempeña un papel fundamental en la preservación de la memoria histórica de Sumbilca, pues muchas de estas narraciones conservan referencias a antiguos caminos, cuevas, cerros, peñas, quebradas, puquiales, lagunillas y parajes considerados sagrados o misteriosos, cuya importancia trasciende el ámbito geográfico para adquirir un profundo significado cultural. Estos espacios constituyen auténticos escenarios de la tradición oral, donde la imaginación popular ha depositado personajes, acontecimientos y sucesos extraordinarios que continúan siendo recordados y recreados por los pobladores.

La permanencia de estas narraciones evidencia la continuidad de un legado cultural que ha logrado sobrevivir al paso del tiempo gracias a la transmisión oral realizada por padres, abuelos y ancianos de la comunidad. De este modo, cada relato representa un vínculo entre el pasado y el presente, permitiendo comprender las formas de pensamiento, las creencias y la sensibilidad cultural que han caracterizado históricamente a la población sumbilcana.

En la tradición oral del pueblo son ampliamente conocidos los relatos asociados a lugares como Alancho, Curacalle, Tapar, Huítico, Chincay, Shaullimarca, Cucapunco, Huacray, Picay, entre otros. Cada uno de estos escenarios posee narraciones propias que combinan hechos históricos, elementos fantásticos y creencias ancestrales, conformando un extraordinario patrimonio narrativo que enriquece la identidad cultural de Sumbilca y constituye una valiosa expresión del folklore tradicional peruano.

En consecuencia, el folklore narrativo de Sumbilca debe ser reconocido como una manifestación cultural de especial relevancia, no solo por su valor literario y etnográfico, sino también por su función como depositario de la memoria colectiva y como medio de transmisión de conocimientos, valores y creencias que han contribuido a preservar la continuidad histórica y la identidad cultural de la comunidad. Su documentación, estudio y difusión constituyen acciones indispensables para garantizar la conservación de este importante legado para las futuras generaciones.

 

IMPORTANCIA DE LAS TRADICIONES ORALES

 Las tradiciones orales son el conjunto de relatos, mitos, leyendas, cantos y saberes transmitidos de generación en generación por las voces de nuestros antepasados. Son la memoria viva de nuestra cultura y permiten preservar nuestra identidad y mantener vivas nuestras raíces, costumbres y cosmovisión de nuestros pueblos sin necesidad de documentos escritos.

Las historias que voy a referir fueron transmitidas por la señora Mencia Jiménez de Espinoza, mi recordada abuela, cuya memoria y testimonio constituyen una valiosa fuente de la tradición oral sumbilcana. Durante su niñez, acompañó a sus padres en extensos recorridos por toda la quebrada de Picay y otros parajes aledaños, dedicándose al pastoreo del ganado, actividad que formó parte esencial de la vida cotidiana de las familias de la época.

Aquellas largas jornadas entre cerros, quebradas y pampas no solo le permitieron experimentar de manera directa las exigencias, sacrificios y aprendizajes propios del quehacer pastoril, sino también convivir estrechamente con un entorno natural que alimentaba la imaginación, el respeto por la naturaleza y las creencias ancestrales.

En ese escenario, al caer la tarde o durante las noches junto al fogón, escuchó de labios de sus padres innumerables relatos sobre acontecimientos extraordinarios, sucesos misteriosos y experiencias que, según la memoria colectiva, habían ocurrido en aquellos lugares.

Estas narraciones, conservadas y transmitidas de generación en generación mediante la tradición oral, constituyen una expresión del patrimonio cultural inmaterial de las comunidades andinas. En ellas convergen elementos históricos, míticos y simbólicos que reflejan la cosmovisión de sus antiguos pobladores, así como su particular manera de comprender la relación entre el ser humano, la naturaleza y el mundo sobrenatural.

Con el transcurso del tiempo, estos relatos fueron preservados en la memoria familiar y compartidos con las nuevas generaciones, permitiendo que no desaparecieran frente al avance de la modernidad y al progresivo olvido de las antiguas costumbres.

 En ese sentido, el presente aporte representa un esfuerzo por rescatar, preservar y difundir una parte significativa del legado cultural de Sumbilca, reconociendo la invaluable contribución de quienes, mediante la palabra, mantuvieron viva la memoria de nuestro pueblo.

Por ello, expreso mi eterno agradecimiento a mi recordada abuela, cuya generosa disposición para compartir estas vivencias hizo posible recuperar un pedacito de nuestra historia, una historia que trasciende el ámbito familiar y adquiere un valor histórico, cultural y testimonial. Espero que este relato contribuya al fortalecimiento de la identidad local, incentive el interés por las tradiciones ancestrales y motive a las nuevas generaciones a valorar, investigar y conservar el rico patrimonio oral heredado de nuestros antepasados.

 

 

                                          LA  QUEBRADA DE PICAY

“LEGADO CULTURAL INMATERIAL DE SUMBILCA”


Quebrada de Picay (Sumbilca)  Fuente: Google Earth

 

                       La quebrada de Picay constituye uno de los espacios geográficos y culturales de mayor relevancia dentro de la jurisdicción del distrito de Sumbilca, provincia de Huaral. Esta microcuenca o pequeño valle interandino reúne un valioso conjunto de elementos naturales, históricos, arqueológicos y culturales que le confieren una identidad singular dentro del territorio sumbilcano. Además, sus antiguos yacimientos mineros, los vestigios de ocupaciones prehispánicas, la diversidad de ecosistemas andinos y, especialmente, el abundante patrimonio de relatos transmitidos de generación en generación, convierten a este lugar en un importante referente de la memoria histórica y de la tradición oral local.

Más allá de su belleza paisajística, la quebrada de Picay representa un escenario donde la geografía y la cultura han mantenido una estrecha relación a lo largo del tiempo. En este espacio, las experiencias de los antiguos pobladores, pastores y arrieros han dado origen a un vasto repertorio de relatos que forman parte del patrimonio cultural inmaterial de Sumbilca, preservando conocimientos, creencias, valores y formas de comprender el entorno natural.

 

CARACTERÍSTICAS GEOGRÁFICAS


Hablar de Picay significa reconocer la extraordinaria configuración geográfica de esta pequeña cuenca andina, situada aproximadamente entre los 1,200 y 1,900 metros sobre el nivel del mar, alcanzando en su parte más alta, hacia el sector de Mulliuc, altitudes cercanas a los 3,000 metros. Su relieve se caracteriza por una marcada verticalidad, conformada por quebradas profundas, laderas escarpadas y prominentes elevaciones naturales, entre las que destacan los cerros Carrizal, Santos Pérez, Lomo Largo, Acujirca, Pacurcocha, Curacalle, Yupanca y Cerro Burro.

La variación altitudinal determina la existencia de diversos pisos ecológicos que favorecen una notable diversidad biológica. En las zonas bajas predominan ambientes áridos donde prosperan especies xerofíticas adaptadas a la escasez de agua, como diversas cactáceas, arbustos resistentes a la sequía y vegetación estacional. Conforme aumenta la altitud, aparecen bosques andinos y comunidades vegetales propias de las laderas montañosas, donde sobresalen especies nativas como la chachacoma, el calapacho, el lloque, el mito, el molle y el sauco, entre otras.

ANTIGUA  ZONA MINERA

Durante los primeros años del siglo XX, la quebrada de Picay adquirió especial importancia debido al descubrimiento y explotación de recursos minerales. Siendo así que, en el contexto de las políticas impulsadas por el presidente Eduardo López de Romaña mediante la promulgación del Código de Minería de 1900, el Estado peruano promovió la inversión privada y la incorporación de nuevas tecnologías destinadas al aprovechamiento de los recursos mineros del país.

En ese marco, el empresario minero José María de la Torre presentó, el 5 de febrero de 1904, una denuncia minera ante el Juez de Minas para registrar una veta de plata y cobre ubicada en el paraje denominado Picaycerro, perteneciente a la comunidad de Sumbilca. Para formalizar dicho procedimiento abonó cinco soles por concepto del derecho de denuncio. Posteriormente, el 7 de febrero de 1907, la solicitud fue aprobada oficialmente con el nombre de "La Estrella".

Durante varios años este asiento minero mantuvo actividades extractivas que generaron movimiento económico en la zona; sin embargo, por razones que hasta la actualidad no han sido plenamente documentadas, las labores fueron suspendidas y finalmente abandonadas. A pesar del paso del tiempo, aún permanecen vestigios materiales que testimonian aquella etapa de la historia económica de Picay y constituyen evidencias de un importante capítulo del desarrollo local.




 Denuncio de don José María De La Torre sobre la mina “La Estrella” (Picay   Sumbilca)  Fuente: Repositorio Histórico Digital del Archivo General de la Nación.

 

LUGAR ENIGMÁTICO E HISTORIA LEGENDARIA

 

  La quebrada de Picay ocupa un lugar privilegiado dentro del imaginario colectivo de Sumbilca. Desde tiempos antiguos ha sido reconocida como un escenario donde convergen la realidad histórica, la riqueza natural y el universo simbólico construido por la tradición oral. En este espacio se desarrollan relatos de carácter sobrenatural, misterioso y legendario que forman parte del patrimonio narrativo de la comunidad y que han sido transmitidos oralmente de padres a hijos durante varias generaciones.

Según las creencias populares, Picay constituye un territorio cargado de simbolismo, donde la naturaleza adquiere vida propia y donde los acontecimientos extraordinarios se integran a la experiencia cotidiana de quienes recorren sus senderos. La memoria colectiva ha conservado numerosas narraciones que describen sucesos difíciles de explicar desde una perspectiva racional, fortaleciendo así la identidad cultural del pueblo sumbilcano.

Entre las leyendas más representativas sobresalen “El Toro Misterioso de Picay”, “El Origen del Anti” (Rodeo Sumbilcano), “La Serpiente del Paludismo” y los múltiples relatos sobre las misteriosas manifestaciones del antimonio, además de las tradicionales apariciones de almas, penas, espíritus tutelares y otros seres incorpóreos que, según los testimonios populares, suelen manifestarse ante pastores, vaqueras y viajeros que transitan por aquellos parajes.

Estas narraciones no deben entenderse únicamente como expresiones de carácter fantástico. Constituyen manifestaciones del pensamiento tradicional mediante las cuales las comunidades interpretan la naturaleza, transmiten normas de convivencia, fortalecen los vínculos con el territorio y preservan la memoria de acontecimientos que marcaron la historia local. En este sentido, la tradición oral cumple una función educativa, identitaria y cultural, al mantener vigente el legado de los antepasados y reafirmar el sentido de pertenencia hacia la comunidad.

Dentro de la cosmovisión andina, los cerros o apus son considerados entidades protectoras dotadas de vida y espiritualidad. En la quebrada de Picay esta concepción permanece profundamente arraigada, razón por la cual numerosos relatos describen la presencia de guardianes de la naturaleza, luces inexplicables, sonidos misteriosos, tesoros ocultos y fenómenos extraordinarios que desafían las leyes naturales. Estas creencias reflejan una antigua relación de respeto entre el ser humano y el paisaje, donde cada elemento del entorno posee un significado espiritual y cultural.

En consecuencia, la quebrada de Picay trasciende su condición de espacio físico para convertirse en un verdadero paisaje cultural. En ella convergen la geografía, la historia, la memoria colectiva y la tradición oral, conformando un patrimonio cultural inmaterial de incalculable valor para Sumbilca. Su conservación y difusión permiten preservar una parte esencial de la identidad local y garantizar que las generaciones futuras continúen reconociendo en estos relatos una expresión viva de su pasado, de sus creencias y de su herencia cultural.

 

ORIGEN DEL RODEO SUMBILCANO

“La voz eterna del Anti”

 

“El Origen del Rodeo Ante”, fue publicado por el autor el año 1981 en la “Revista de Actualidad y Costumbres Wallpo”, No. 02 del mes de mayo; página 18. En esta reedición con estilo narrativo destacamos la “La leyenda del Anti” como un relato tradicional que mezcla hechos históricos reales con elementos mágicos, fantásticos y sobrenaturales.


Escena recreada de la leyenda del Anti (Jacinta y el becerro)

 

Las montañas guardan secretos que ni el tiempo logra olvidar. Los bosques, las quebradas, las peñas y las cuevas conservan la memoria de quienes un día caminaron entre sus senderos, y cuando el viento desciende con fuerza desde las alturas, pareciera que las piedras mudas empiezan a murmurar historias pérdidas desde hace muchos años, historias que los hombres apenas recuerdan.

Corrían los primeros años del siglo XX en la quebrada de Picay, un rincón escondido en la comunidad de Sumbilca, donde la naturaleza parece suspendida entre la realidad y algo más difícil de explicar. Por entonces, la vida transcurría al ritmo pausado de las estaciones. El alba despertaba con el canto de los zorzales y el aroma húmedo de los ballicos; el mediodía encontraba a los pastores recorriendo las laderas detrás de sus rebaños, y las noches descendían silenciosas, cubriendo los cerros con un inmenso manto de sombras donde solo brillaban las estrellas y a lo lejos el resplandor de los fogones de los pocos ranchos que habían.

En la estancia de Pariahuanca se encontraba Jacinta Felipe, una joven pastora cuya existencia parecía entrelazarse con la misma naturaleza. Su piel había adquirido el color dorado del sol serrano; sus manos, endurecidas por el trabajo cotidiano, conservaban, sin embargo, una delicadeza que se revelaba cuando acariciaba a los terneros recién nacidos. Poseía una mirada serena, profunda como las lagunas alto andinas, y una sonrisa capaz de disipar las tristezas de cualquier jornada.

Los ancianos decían que Jacinta comprendía el lenguaje de los animales. Bastaba un silbido suyo para que el ganado levantara la cabeza; un suave llamado para que los becerros acudieran dócilmente hacia ella. Su vida estaba unida al campo como las raíces del quishuar a la roca de la montaña. Pero también conocía las historias que se contaban al caer la noche.

Antiguos relatos hablaban de los encantos del cerro, de espíritus que habitaban las profundidades de las peñas y cuevas donde el tiempo dejaba de existir. Los abuelos advertían que, después de la medianoche, ningún pastor debía acercarse a las viejas bocaminas de Picay, pues quienes respondían al llamado del cerro jamás regresaban. Jacinta escuchaba aquellas historias con respeto, aunque nunca permitió que el miedo dominara su corazón.

Una tarde de febrero, el cielo comenzó a cubrirse lentamente de nubes oscuras. El viento arrastró el aroma húmedo a tierra mojada y las primeras gotas de lluvia descendieron sobre los pajonales con la suavidad de un suspiro.

 

Aquellos días había nacido un becerro que debía permanecer separado de su madre hasta el momento indicado. Sin embargo, al aproximarse el anochecer, el animal ya no estaba donde se lo dejo, había desaparecido entre los matorrales.

La preocupación invadió a Jacinta.

Sabía que debía encontrarlo antes de que la noche profundice su oscuridad.

Durante horas recorrió la estancia llamándolo con paciencia. Observó cada sendero, cada quebrada y cada rincón donde pudiera ocultarse, pero el pequeño becerro parecía haberse desvanecido entre la niebla.

La lluvia continuó cayendo hasta entrada la noche.

Sin otra alternativa, regresó a su humilde choza de piedra y techo de ramas. Avivó el fuego, acomodó su manta negra sobre su espalda y permaneció despierta, esperando escuchar cualquier señal del animal.

Las brasas del fogón comenzaron a extinguirse.

La montaña quedó envuelta en un silencio tan profundo que parecía contener la respiración.

Entonces ocurrió.

Desde algún lugar perdido entre la oscuridad llegó un sonido inconfundible.

Era el berreo del pequeño becerro.

Jacinta se incorporó de inmediato.

Tomó su mechero y salió apresurada.

La tenue luz apenas conseguía abrirse paso entre la neblina que cubría el camino.

El viento agitaba las ramas de los alisos y los eucaliptos produciendo un murmullo semejante a voces lejanas.

Después de caminar unos minutos logró divisar al animal.

Allí estaba.

Quieto.

Esperándola.

Por un instante sintió alivio.

Avanzó lentamente para sujetarlo; sin embargo, apenas extendió los brazos, el becerro dio un salto y emprendió una veloz carrera montaña abajo.

Jacinta sonrió.

- ¡No escaparás esta vez! - pensó mientras comenzaba la persecución.

El pequeño animal parecía conocer perfectamente el camino.

Saltaba entre las piedras.

Atravesaba pequeños arroyos.

Desaparecía y volvía a aparecer entre la vegetación como una sombra juguetona.

La joven continuó siguiéndolo sin advertir que se alejaba cada vez más de los senderos habituales.

La lluvia había cesado.

La luna comenzaba a filtrarse entre las nubes, proyectando una luz plateada que confería al paisaje una belleza sobrenatural.






Finalmente llegaron al lugar conocido como “Capusa”.

Cerca de allí se levantaban antiguas bocaminas abiertas mucho tiempo atrás. Quizás fueron los coloniales quienes las abrieron. Sus entradas oscuras semejaban enormes bocas abiertas hacia las entrañas de la montaña.

Los habitantes evitaban acercarse a ese lugar.

Decían que aquellas galerías comunicaban con un mundo oculto donde habitaban los dueños del cerro. Es el “antimonio” afirmaban.

Entonces, el becerro no dudó.

Corrió directamente hacia una de las cuevas y desapareció en la oscuridad.

Jacinta vaciló apenas un instante.

Pero, su sentido del deber fue más fuerte que el temor.

Así es que entró.

El aire se impregno de humedad.

Las gotas de agua caían lentamente desde el techo formando un eco interminable.

La llama de la pequeña lámpara titilaba con nerviosismo, como si también presintiera un peligro invisible.

La joven continuó avanzando.

Llamó al becerro una y otra vez.

Su voz regresaba convertida en ecos que parecían responder desde distintos lugares. Cada galería conducía a otra más profunda.

Cada bifurcación multiplicaba el desconcierto.

Poco a poco comprendió que había perdido el camino.

Quiso regresar.

Pero todas las salidas parecían iguales.

La montaña la había envuelto en su laberinto.

Mientras tanto, en la estancia, los demás pastores comenzaron a preocuparse al notar que Jacinta no regresaba.

Esperaron hasta el amanecer.

Cuando el primer rayo de sol iluminó las cumbres, organizaron una búsqueda. Recorrieron quebradas.

Examinaron senderos.

Finalmente llegaron a Capusa, un lugar enigmático, intrigante y sombrío.

Allí encontraron únicamente las huellas que conducían hacia una de las antiguas cuevas.

Entraron llamándola con desesperación.

- ¡Jacinta!  - ¡Jacinta!

Solo el eco respondió.

De pronto, un sonido comenzó a extenderse lentamente por las galerías.

No era un lamento.

Tampoco el viento.

Era una melodía.

Suave.

Melancólica.

Extraordinariamente hermosa.

Parecía brotar del corazón mismo de la montaña.

Ningún instrumento humano habría podido producir una música tan pura.

Los pastores permanecieron inmóviles.

La canción envolvía las piedras, ascendía por las quebradas y viajaba sobre los bosques como si el aire mismo hubiese aprendido a cantar.

Muchos aseguraron reconocer la voz dulce de Jacinta.

Otros afirmaron que era el propio cerro quien entonaba aquel misterioso canto.

Jamás encontraron a la joven.

Tampoco volvieron a ver al becerro.

Ambos parecían haberse fundido para siempre con el misterio de la montaña.

Desde entonces, aquella melodía recibió el nombre de Anti, expresión que los antiguos sumbilcanos relacionaban con el encanto del cerro, “el engaño”, el hechizo invisible mediante el cual las montañas reclamaban para sí aquello que amaban.

 

Los años pasaron. Las generaciones cambiaron. Pero la historia jamás fue olvidada.

Durante el rodeo del mes de agosto, cuando los vaqueros reunían las reses para marcarlas y celebrar la abundancia del campo, comenzaron a cantar aquella misma melodía que había nacido en Picay.

 

El Anti dejó de ser únicamente una leyenda. Se convirtió en el alma del Rodeo Sumbilcano. Sus notas musicales acompañaban la danza, los cantos, las herranzas y las reuniones comunales, recordando que toda tradición nace de una memoria compartida y que algunas historias sobreviven porque el pueblo decide convertirlas en símbolo de su identidad.

 

Aún hoy, cuando la neblina desciende sobre los bosques de Picay y el viento se desliza entre las antiguas bocaminas, los pobladores más ancianos guardan silencio.

 

Dicen que, si la noche es serena y el corazón sabe escuchar, todavía puede oírse una voz femenina cantando dulcemente entre los cerros de Picay. No es un canto de tristeza. Es la memoria viva de Jacinta Felipe. Es el eco eterno del Anti.

 

Es la melodía que dio origen al Rodeo Sumbilcano y que, generación tras generación, continúa recordando que las leyendas más profundas nacen allí donde la historia y el misterio deciden caminar de la mano.

 

 

 

 

EL TORO MISTERIOSO DE PICAY

“El guardián de los tesoros del cerro”


Escena recreada del toro misterioso de Picay

 

 Entre aquellas montañas existe una quebrada llamada Picay, escondida entre bosques de alisos y chachacomos, donde los troncos retorcidos semejan viejos centinelas que aún vigilan los senderos olvidados. El lugar posee una belleza solemne y melancólica. Durante el día, los rebaños pastan serenamente bajo el vuelo de los gavilanes; pero al caer la tarde, cuando las sombras comienzan a fundirse con la neblina, el paisaje cambia de rostro.

Entonces el silencio adquiere peso.

Las hojas dejan de murmurar.

Las aves esconden su canto.

Hasta el viento parece disimular su silbido.

Porque bajo aquella tierra dormitan antiguas bocaminas abiertas muchos años atrás por hombres que persiguieron las riquezas de la montaña. Son galerías oscuras, profundas e interminables, donde la luz jamás consigue penetrar por completo y donde, según la creencia de los mayores, permanecen ocultos tesoros incalculables que ningún mortal podrá poseer mientras los espíritus tutelares continúen custodiándolos.

 

Doña Mencia Jiménez escuchó aquella historia siendo muy joven, cuando aún era frecuente reunirse alrededor del fogón durante las largas noches de invierno. Los viejos vaqueros de Picay hablaban con voz pausada, sin exageraciones ni sobresaltos, como quien recuerda un acontecimiento verdadero que jamás debió ocurrir.

 

Ninguno sonreía mientras narraba.

Todos bajaban la mirada.

Porque aquello no era un cuento para entretener niños.

Era un recuerdo.

Era una advertencia.

Corrían los primeros años del siglo XX.

Los pastores acostumbraban conducir sus ganados por los extensos pajonales de Picay desde el amanecer hasta el ocaso. Conocían cada roca, cada manantial y cada árbol del bosque. Sin embargo, existía una regla que ninguno quebrantaba.

Jamás permanecer en la pampa durante las noches de luna llena.

Porque sabían que un animal endemoniado corría bramando con furia por la pampa de Picay.

Nadie sabía cuándo apareció.

Algunos aseguraban que existía desde el tiempo de los gentiles.

Otros sostenían que había surgido el día en que la última veta de oro fue sellada por la propia montaña para impedir que la ambición humana la profanara.

Pero todos coincidían en una sola verdad.

Lo habían visto.

Y nadie olvidaba aquellos ojos.

Las noches de luna eran extraordinariamente claras.

La inmensa pampa quedaba cubierta por una claridad azulada que transformaba los pajonales en un océano inmóvil de plata. Desde las cumbres descendía una brisa helada impregnada del aroma húmedo del musgo y de la tierra recién respirada por la neblina.

Entonces, desde una de las antiguas bocaminas, comenzaba a escucharse un rumor profundo.

Primero era un leve temblor.

Después un resoplido cavernoso.

Finalmente, el retumbar de unas pezuñas capaces de sacudir el suelo.

Y la montaña abría su corazón.

Del oscuro túnel emergía lentamente un enorme toro negro.

No había otro animal igual en todos los hatos de Sumbilca.

Su piel era tan oscura que parecía haber sido forjada con fragmentos de la propia noche. Sobre el lomo, la luna dibujaba reflejos azulados semejantes al acero bruñido. Sus músculos ondulaban con la fuerza contenida de un alud dispuesto a precipitarse montaña abajo.

Los cuernos ascendían hacia el cielo como dos medias lunas de obsidiana.

Pero eran sus ojos los que detenían la respiración de quien lograba contemplarlos.

No eran ojos de bestia.

Eran dos brasas vivas.

Cada vez que exhalaba, enormes llamaradas escapaban de su hocico iluminando los pajonales. El fuego no consumía la hierba; simplemente danzaba sobre ella como si obedeciera leyes desconocidas por los hombres.

Entonces el toro emprendía su carrera.

Galopaba con la velocidad del viento y con la furia de una tormenta levantando remolinos de polvo y haciendo vibrar la quebrada con un bramido tan profundo.

Las pezuñas golpeaban la tierra con un estruendo semejante al de los truenos.

Los pastores observaban aquella visión escondidos detrás de grandes peñascos.

Nadie hablaba.

Nadie respiraba con tranquilidad.

Sabían que contemplaban algo perteneciente a un mundo donde la razón carecía de dominio.

La leyenda atravesó montañas y pueblos.

Llegó hasta oídos de un cazador conocido por su extraordinaria puntería.

Había recorrido muchos pueblos y provincias persiguiendo venados, vizcachas y pumas.

Jamás había retrocedido ante peligro alguno.

Cuando escuchó la historia del Toro de Picay, sonrió con desdén.

-Mientras respire y tenga carne, caerá como cualquier otra criatura (-dijo-)

Los vaqueros más ancianos intentaron persuadirlo.

-No desafíes a los apus de la montaña.

Pero el hombre solamente acarició el largo cañón de su escopeta.

Confiaba más en el plomo que en las advertencias.

La luna llena apareció aquella noche tan redonda y brillante que parecía suspendida apenas sobre las cumbres.

El cazador llegó antes del anochecer.

Escogió una enorme roca próxima a una bocamina y permaneció oculto entre las sombras.

Las horas transcurrieron lentamente.

El frío se volvió intenso.

El silencio era tan absoluto que podía escucharse el lento caer del rocío sobre las hojas.

De pronto, la tierra vibró.

No era imaginación.

La montaña estaba respirando.

Desde el interior de la galería brotó un resplandor rojizo.

Una exhalación ardiente recorrió la quebrada.

Y entonces apareció.

El inmenso toro emergió con la majestad de un antiguo dios mitológico.

No caminaba.

Parecía avanzar acompañado por la propia oscuridad.

Su aliento incendiaba el aire.

Sus ojos atravesaban la noche como dos astros encendidos.

Por primera vez en muchos años, el cazador sintió cómo el miedo ascendía lentamente por su pecho.

Era un miedo antiguo.

Instintivo.

El mismo temor que experimenta el hombre cuando comprende que ha cruzado el límite entre el mundo conocido y el territorio de lo sagrado.

Pero el orgullo habló más fuerte.

Apoyó lentamente la culata contra su hombro.

Contuvo la respiración.

Esperó.

Y disparó.

El estruendo del disparo retumbo una y otra vez en toda la quebrada de Picay.

El proyectil alcanzó el costado del astado.

El toro lanzó un bramido estremecedor que desgarro el silencio e hizo desprender pequeñas piedras de la ladera.

Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.

Después comenzó a correr.

No huyó.

Se retiró con la dignidad de un rey herido.

De la herida brotaba una espesa corriente de sangre que teñía de rojo los pajonales mientras desaparecía nuevamente hacia la oscuridad de la antigua bocamina.

Nadie se atrevió a seguirlo.

Al despuntar el alba, el cazador regresó acompañado por varios pastores.

Quería saber de su presa

El sendero de sangre permanecía intacto.

Avanzaron lentamente.

Pero algo extraordinario empezó a suceder.

La sangre derramada comenzó a cambiar de color.

Primero adquirió destellos amarillos.

Luego un brillo metálico.

Finalmente, allí donde había corrido la sangre aparecieron abundantes partículas de oro puro que centelleaban bajo el primer sol de la mañana.

Los hombres quedaron inmóviles.

Nadie pronuncio palabra alguna.

Comprendieron que no habían perseguido a un simple animal, sino a un ser perteneciente al reino de los antiguos misterios, a un espíritu tutelar guardián de los tesoros ocultos en las profundidades de Picay.

Ninguno tomó más de lo necesario.

Ninguno volvió a disparar contra el misterioso guardián.

Desde aquel día el cazador fue un hombre distinto.

Se creía el más valiente del monte.

Regresó entendiendo que existen deidades vivas, dadores de vida, protectores que vigilan los territorios.

Desde entonces, los pastores continúan evitando las noches de luna llena en la quebrada de Picay.

Los ancianos siguen contando la historia a los más jóvenes alrededor del fuego, mientras las llamas iluminan lentamente sus rostros envejecidos.

Y cuando la luna asciende sobre los cerros de Sumbilca, todavía hay quienes aseguran haber visto, entre la neblina plateada y el rumor de los bosques andinos, la imponente silueta de un toro negro que galopa sin descanso, resoplando fuego sobre la pampa, para recordar a los hombres que el oro pertenece únicamente al espíritu eterno de la montaña.

 

Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui