FOLKLOR
NARRATIVO DEL PUEBLO DE SUMBILCA
Escribe: Ruyer Espinoza
Yupanqui
La comunidad de Sumbilca posee un
valioso patrimonio cultural inmaterial, cuya riqueza se expresa en la
diversidad de sus manifestaciones folklóricas, entre las que destacan el
singular estilo de sus huaynos interpretados con arpa y violín, sus danzas tradicionales,
sus festividades, costumbres, creencias y expresiones de la religiosidad
popular. A este importante legado se suma un vasto repertorio de narraciones
tradicionales que, transmitidas de generación en generación mediante la
tradición oral, constituyen uno de los testimonios más representativos de la
memoria colectiva y de la identidad cultural del pueblo.
Dentro de este
acervo destacan numerosos relatos vinculados con determinados espacios
geográficos que, de acuerdo con la tradición popular, reciben diversas
denominaciones, tales como lugares legendarios, espacios míticos, parajes
encantados, escenarios sobrenaturales, sitios misteriosos o territorios
fabulosos. Estas designaciones responden a la naturaleza de las historias que
allí se desarrollan y al conjunto de creencias heredadas por la comunidad a lo
largo del tiempo. En dichos escenarios, la realidad cotidiana se entrelaza con
la imaginación, dando origen a narraciones donde convergen lo maravilloso, lo
mágico y lo inexplicable, elementos que forman parte del universo simbólico de
la cosmovisión andina.
Estos relatos
no solo constituyen expresiones literarias de carácter popular, sino que
representan valiosas fuentes de conocimiento sobre la forma en que las
generaciones pasadas interpretaron el entorno natural, los fenómenos
desconocidos y las experiencias extraordinarias. A través de ellos se
transmiten valores, enseñanzas morales, advertencias, normas de convivencia y
concepciones ancestrales sobre la relación entre el ser humano, la naturaleza y
las fuerzas sobrenaturales, contribuyendo así a fortalecer el sentido de
pertenencia e identidad de la población.
Asimismo, el
folklore narrativo desempeña un papel fundamental en la preservación de la
memoria histórica de Sumbilca, pues muchas de estas narraciones conservan
referencias a antiguos caminos, cuevas, cerros, peñas, quebradas, puquiales,
lagunillas y parajes considerados sagrados o misteriosos, cuya importancia
trasciende el ámbito geográfico para adquirir un profundo significado cultural.
Estos espacios constituyen auténticos escenarios de la tradición oral, donde la
imaginación popular ha depositado personajes, acontecimientos y sucesos
extraordinarios que continúan siendo recordados y recreados por los pobladores.
La permanencia de estas narraciones
evidencia la continuidad de un legado cultural que ha logrado sobrevivir al
paso del tiempo gracias a la transmisión oral realizada por padres, abuelos y
ancianos de la comunidad. De este modo, cada relato representa un vínculo entre
el pasado y el presente, permitiendo comprender las formas de pensamiento, las
creencias y la sensibilidad cultural que han caracterizado históricamente a la
población sumbilcana.
En la tradición oral del pueblo son
ampliamente conocidos los relatos asociados a lugares como Alancho, Curacalle,
Tapar, Huítico, Chincay, Shaullimarca, Cucapunco, Huacray, Picay, entre otros.
Cada uno de estos escenarios posee narraciones propias que combinan hechos
históricos, elementos fantásticos y creencias ancestrales, conformando un extraordinario
patrimonio narrativo que enriquece la identidad cultural de Sumbilca y
constituye una valiosa expresión del folklore tradicional peruano.
En consecuencia, el folklore
narrativo de Sumbilca debe ser reconocido como una manifestación cultural de
especial relevancia, no solo por su valor literario y etnográfico, sino también
por su función como depositario de la memoria colectiva y como medio de
transmisión de conocimientos, valores y creencias que han contribuido a
preservar la continuidad histórica y la identidad cultural de la comunidad. Su
documentación, estudio y difusión constituyen acciones indispensables para
garantizar la conservación de este importante legado para las futuras
generaciones.
IMPORTANCIA
DE LAS TRADICIONES ORALES
Las tradiciones orales son el conjunto de relatos,
mitos, leyendas, cantos y saberes transmitidos de generación en generación por
las voces de nuestros antepasados. Son la memoria viva de nuestra cultura y
permiten preservar nuestra identidad y mantener vivas nuestras raíces,
costumbres y cosmovisión de nuestros pueblos sin necesidad de documentos
escritos.
Las historias que voy a referir
fueron transmitidas por la señora Mencia Jiménez de Espinoza, mi recordada
abuela, cuya memoria y testimonio constituyen una valiosa fuente de la
tradición oral sumbilcana. Durante su niñez, acompañó a sus padres en extensos
recorridos por toda la quebrada de Picay y otros parajes aledaños, dedicándose
al pastoreo del ganado, actividad que formó parte esencial de la vida cotidiana
de las familias de la época.
Aquellas largas
jornadas entre cerros, quebradas y pampas no solo le permitieron experimentar
de manera directa las exigencias, sacrificios y aprendizajes propios del
quehacer pastoril, sino también convivir estrechamente con un entorno natural
que alimentaba la imaginación, el respeto por la naturaleza y las creencias
ancestrales.
En ese escenario, al caer la tarde
o durante las noches junto al fogón, escuchó de labios de sus padres
innumerables relatos sobre acontecimientos extraordinarios, sucesos misteriosos
y experiencias que, según la memoria colectiva, habían ocurrido en aquellos
lugares.
Estas
narraciones, conservadas y transmitidas de generación en generación mediante la
tradición oral, constituyen una expresión del patrimonio cultural inmaterial de
las comunidades andinas. En ellas convergen elementos históricos, míticos y
simbólicos que reflejan la cosmovisión de sus antiguos pobladores, así como su
particular manera de comprender la relación entre el ser humano, la naturaleza
y el mundo sobrenatural.
Con el transcurso del tiempo, estos
relatos fueron preservados en la memoria familiar y compartidos con las nuevas
generaciones, permitiendo que no desaparecieran frente al avance de la
modernidad y al progresivo olvido de las antiguas costumbres.
En ese sentido, el presente aporte representa un
esfuerzo por rescatar, preservar y difundir una parte significativa del legado
cultural de Sumbilca, reconociendo la invaluable contribución de quienes,
mediante la palabra, mantuvieron viva la memoria de nuestro pueblo.
Por ello, expreso mi eterno
agradecimiento a mi recordada abuela, cuya generosa disposición para compartir
estas vivencias hizo posible recuperar un pedacito de nuestra historia, una
historia que trasciende el ámbito familiar y adquiere un valor histórico,
cultural y testimonial. Espero que este relato contribuya al fortalecimiento de
la identidad local, incentive el interés por las tradiciones ancestrales y
motive a las nuevas generaciones a valorar, investigar y conservar el rico
patrimonio oral heredado de nuestros antepasados.
“LEGADO CULTURAL INMATERIAL DE SUMBILCA”
Quebrada de Picay (Sumbilca) Fuente: Google Earth
Más allá de su belleza paisajística,
la quebrada de Picay representa un escenario donde la geografía y la cultura
han mantenido una estrecha relación a lo largo del tiempo. En este espacio, las
experiencias de los antiguos pobladores, pastores y arrieros han dado origen a
un vasto repertorio de relatos que forman parte del patrimonio cultural
inmaterial de Sumbilca, preservando conocimientos, creencias, valores y formas
de comprender el entorno natural.
CARACTERÍSTICAS
GEOGRÁFICAS
Hablar de Picay
significa reconocer la extraordinaria configuración geográfica de esta pequeña
cuenca andina, situada aproximadamente entre los 1,200 y 1,900 metros sobre el
nivel del mar, alcanzando en su parte más alta, hacia el sector de Mulliuc,
altitudes cercanas a los 3,000 metros. Su relieve se caracteriza por una
marcada verticalidad, conformada por quebradas profundas, laderas escarpadas y
prominentes elevaciones naturales, entre las que destacan los cerros Carrizal,
Santos Pérez, Lomo Largo, Acujirca, Pacurcocha, Curacalle, Yupanca y Cerro
Burro.
La variación altitudinal determina
la existencia de diversos pisos ecológicos que favorecen una notable diversidad
biológica. En las zonas bajas predominan ambientes áridos donde prosperan
especies xerofíticas adaptadas a la escasez de agua, como diversas cactáceas,
arbustos resistentes a la sequía y vegetación estacional. Conforme aumenta la
altitud, aparecen bosques andinos y comunidades vegetales propias de las
laderas montañosas, donde sobresalen especies nativas como la chachacoma, el
calapacho, el lloque, el mito, el molle y el sauco, entre otras.
ANTIGUA ZONA MINERA
Durante los
primeros años del siglo XX, la quebrada de Picay adquirió especial importancia
debido al descubrimiento y explotación de recursos minerales. Siendo así que, en
el contexto de las políticas impulsadas por el presidente Eduardo López de
Romaña mediante la promulgación del Código de Minería de 1900, el Estado
peruano promovió la inversión privada y la incorporación de nuevas tecnologías
destinadas al aprovechamiento de los recursos mineros del país.
En ese marco, el empresario minero
José María de la Torre presentó, el 5 de febrero de 1904, una denuncia minera
ante el Juez de Minas para registrar una veta de plata y cobre ubicada en el
paraje denominado Picaycerro, perteneciente a la comunidad de Sumbilca. Para
formalizar dicho procedimiento abonó cinco soles por concepto del derecho de
denuncio. Posteriormente, el 7 de febrero de 1907, la solicitud fue aprobada
oficialmente con el nombre de "La Estrella".
Durante varios
años este asiento minero mantuvo actividades extractivas que generaron
movimiento económico en la zona; sin embargo, por razones que hasta la
actualidad no han sido plenamente documentadas, las labores fueron suspendidas
y finalmente abandonadas. A pesar del paso del tiempo, aún permanecen vestigios
materiales que testimonian aquella etapa de la historia económica de Picay y
constituyen evidencias de un importante capítulo del desarrollo local.
LUGAR
ENIGMÁTICO E HISTORIA LEGENDARIA
La quebrada de Picay ocupa un lugar
privilegiado dentro del imaginario colectivo de Sumbilca. Desde tiempos
antiguos ha sido reconocida como un escenario donde convergen la realidad
histórica, la riqueza natural y el universo simbólico construido por la
tradición oral. En este espacio se desarrollan relatos de carácter
sobrenatural, misterioso y legendario que forman parte del patrimonio narrativo
de la comunidad y que han sido transmitidos oralmente de padres a hijos durante
varias generaciones.
Según las
creencias populares, Picay constituye un territorio cargado de simbolismo,
donde la naturaleza adquiere vida propia y donde los acontecimientos
extraordinarios se integran a la experiencia cotidiana de quienes recorren sus
senderos. La memoria colectiva ha conservado numerosas narraciones que
describen sucesos difíciles de explicar desde una perspectiva racional,
fortaleciendo así la identidad cultural del pueblo sumbilcano.
Entre las
leyendas más representativas sobresalen “El Toro Misterioso de Picay”, “El
Origen del Anti” (Rodeo Sumbilcano), “La Serpiente del Paludismo” y los
múltiples relatos sobre las misteriosas manifestaciones del antimonio, además
de las tradicionales apariciones de almas, penas, espíritus tutelares y otros
seres incorpóreos que, según los testimonios populares, suelen manifestarse
ante pastores, vaqueras y viajeros que transitan por aquellos parajes.
Estas
narraciones no deben entenderse únicamente como expresiones de carácter
fantástico. Constituyen manifestaciones del pensamiento tradicional mediante
las cuales las comunidades interpretan la naturaleza, transmiten normas de
convivencia, fortalecen los vínculos con el territorio y preservan la memoria
de acontecimientos que marcaron la historia local. En este sentido, la
tradición oral cumple una función educativa, identitaria y cultural, al mantener
vigente el legado de los antepasados y reafirmar el sentido de pertenencia
hacia la comunidad.
Dentro de la
cosmovisión andina, los cerros o apus son considerados entidades protectoras
dotadas de vida y espiritualidad. En la quebrada de Picay esta concepción
permanece profundamente arraigada, razón por la cual numerosos relatos
describen la presencia de guardianes de la naturaleza, luces inexplicables,
sonidos misteriosos, tesoros ocultos y fenómenos extraordinarios que desafían
las leyes naturales. Estas creencias reflejan una antigua relación de respeto
entre el ser humano y el paisaje, donde cada elemento del entorno posee un
significado espiritual y cultural.
En consecuencia, la quebrada de
Picay trasciende su condición de espacio físico para convertirse en un
verdadero paisaje cultural. En ella convergen la geografía, la historia, la
memoria colectiva y la tradición oral, conformando un patrimonio cultural
inmaterial de incalculable valor para Sumbilca. Su conservación y difusión
permiten preservar una parte esencial de la identidad local y garantizar que
las generaciones futuras continúen reconociendo en estos relatos una expresión
viva de su pasado, de sus creencias y de su herencia cultural.
ORIGEN DEL RODEO
SUMBILCANO
“La voz eterna del Anti”
“El Origen del Rodeo Ante”, fue publicado por el autor
el año 1981 en la “Revista de Actualidad y Costumbres Wallpo”, No. 02 del mes
de mayo; página 18. En esta reedición con estilo narrativo destacamos la “La
leyenda del Anti” como un relato tradicional que mezcla hechos históricos
reales con elementos mágicos, fantásticos y sobrenaturales.
Escena recreada de la leyenda del Anti (Jacinta y el
becerro)
Las montañas guardan
secretos que ni el tiempo logra olvidar. Los bosques, las quebradas, las peñas
y las cuevas conservan la memoria de quienes un día caminaron entre sus
senderos, y cuando el viento desciende con fuerza desde las alturas, pareciera
que las piedras mudas empiezan a murmurar historias pérdidas desde hace muchos
años, historias que los hombres apenas recuerdan.
Corrían los primeros años
del siglo XX en la quebrada de Picay, un rincón escondido en la
comunidad de Sumbilca, donde la naturaleza parece suspendida entre la realidad
y algo más difícil de explicar. Por entonces, la vida transcurría al ritmo
pausado de las estaciones. El alba despertaba con el canto de los zorzales y el
aroma húmedo de los ballicos; el mediodía encontraba a los pastores recorriendo
las laderas detrás de sus rebaños, y las noches descendían silenciosas,
cubriendo los cerros con un inmenso manto de sombras donde solo brillaban las
estrellas y a lo lejos el resplandor de los fogones de los pocos ranchos que
habían.
En la estancia de
Pariahuanca se encontraba Jacinta Felipe, una joven pastora cuya
existencia parecía entrelazarse con la misma naturaleza. Su piel había
adquirido el color dorado del sol serrano; sus manos, endurecidas por el
trabajo cotidiano, conservaban, sin embargo, una delicadeza que se revelaba
cuando acariciaba a los terneros recién nacidos. Poseía una mirada serena,
profunda como las lagunas alto andinas, y una sonrisa capaz de disipar las
tristezas de cualquier jornada.
Los ancianos decían que
Jacinta comprendía el lenguaje de los animales. Bastaba un silbido suyo para
que el ganado levantara la cabeza; un suave llamado para que los becerros
acudieran dócilmente hacia ella. Su vida estaba unida al campo como las raíces
del quishuar a la roca de la montaña. Pero también conocía las historias que se
contaban al caer la noche.
Antiguos relatos hablaban
de los encantos del cerro, de espíritus que habitaban las profundidades
de las peñas y cuevas donde el tiempo dejaba de existir. Los abuelos advertían
que, después de la medianoche, ningún pastor debía acercarse a las viejas
bocaminas de Picay, pues quienes respondían al llamado del cerro jamás
regresaban. Jacinta escuchaba aquellas historias con respeto, aunque nunca
permitió que el miedo dominara su corazón.
Una tarde de febrero, el
cielo comenzó a cubrirse lentamente de nubes oscuras. El viento arrastró el aroma
húmedo a tierra mojada y las primeras gotas de lluvia descendieron sobre los
pajonales con la suavidad de un suspiro.
Aquellos días había nacido un becerro que debía
permanecer separado de su madre hasta el momento indicado. Sin embargo, al
aproximarse el anochecer, el animal ya no estaba donde se lo dejo, había
desaparecido entre los matorrales.
La preocupación invadió a
Jacinta.
Sabía que debía encontrarlo
antes de que la noche profundice su oscuridad.
Durante horas recorrió la
estancia llamándolo con paciencia. Observó cada sendero, cada quebrada y cada
rincón donde pudiera ocultarse, pero el pequeño becerro parecía haberse
desvanecido entre la niebla.
La lluvia continuó cayendo
hasta entrada la noche.
Sin otra alternativa,
regresó a su humilde choza de piedra y techo de ramas. Avivó el fuego, acomodó
su manta negra sobre su espalda y permaneció despierta, esperando escuchar
cualquier señal del animal.
Las brasas del fogón
comenzaron a extinguirse.
La montaña quedó envuelta
en un silencio tan profundo que parecía contener la respiración.
Entonces ocurrió.
Desde algún lugar perdido
entre la oscuridad llegó un sonido inconfundible.
Era el berreo del pequeño
becerro.
Jacinta se incorporó de
inmediato.
Tomó su mechero y salió
apresurada.
La tenue luz apenas
conseguía abrirse paso entre la neblina que cubría el camino.
El viento agitaba las ramas
de los alisos y los eucaliptos produciendo un murmullo semejante a voces
lejanas.
Después de caminar unos
minutos logró divisar al animal.
Allí estaba.
Quieto.
Esperándola.
Por un instante sintió
alivio.
Avanzó lentamente para
sujetarlo; sin embargo, apenas extendió los brazos, el becerro dio un salto y
emprendió una veloz carrera montaña abajo.
Jacinta sonrió.
- ¡No escaparás esta vez! -
pensó mientras comenzaba la persecución.
El pequeño animal parecía
conocer perfectamente el camino.
Saltaba entre las piedras.
Atravesaba pequeños
arroyos.
Desaparecía y volvía a
aparecer entre la vegetación como una sombra juguetona.
La joven continuó
siguiéndolo sin advertir que se alejaba cada vez más de los senderos
habituales.
La lluvia había cesado.
La luna comenzaba a
filtrarse entre las nubes, proyectando una luz plateada que confería al paisaje
una belleza sobrenatural.
Finalmente llegaron al lugar conocido como “Capusa”.
Cerca de allí se levantaban
antiguas bocaminas abiertas mucho tiempo atrás. Quizás fueron los coloniales
quienes las abrieron. Sus entradas oscuras semejaban enormes bocas abiertas
hacia las entrañas de la montaña.
Los habitantes evitaban
acercarse a ese lugar.
Decían que aquellas
galerías comunicaban con un mundo oculto donde habitaban los dueños del cerro. Es
el “antimonio” afirmaban.
Entonces, el becerro no
dudó.
Corrió directamente hacia
una de las cuevas y desapareció en la oscuridad.
Jacinta vaciló apenas un
instante.
Pero, su sentido del deber
fue más fuerte que el temor.
Así es que entró.
El aire se impregno de
humedad.
Las gotas de agua caían
lentamente desde el techo formando un eco interminable.
La llama de la pequeña
lámpara titilaba con nerviosismo, como si también presintiera un peligro
invisible.
La joven continuó
avanzando.
Llamó al becerro una y otra
vez.
Su voz regresaba convertida
en ecos que parecían responder desde distintos lugares. Cada galería conducía a
otra más profunda.
Cada bifurcación
multiplicaba el desconcierto.
Poco a poco comprendió que
había perdido el camino.
Quiso regresar.
Pero todas las salidas
parecían iguales.
La montaña la había
envuelto en su laberinto.
Mientras tanto, en la
estancia, los demás pastores comenzaron a preocuparse al notar que Jacinta no
regresaba.
Esperaron hasta el
amanecer.
Cuando el primer rayo de
sol iluminó las cumbres, organizaron una búsqueda. Recorrieron quebradas.
Examinaron senderos.
Finalmente llegaron a
Capusa, un lugar enigmático, intrigante y sombrío.
Allí encontraron únicamente
las huellas que conducían hacia una de las antiguas cuevas.
Entraron llamándola con
desesperación.
- ¡Jacinta! - ¡Jacinta!
Solo el eco respondió.
De pronto, un sonido
comenzó a extenderse lentamente por las galerías.
No era un lamento.
Tampoco el viento.
Era una melodía.
Suave.
Melancólica.
Extraordinariamente
hermosa.
Parecía brotar del corazón
mismo de la montaña.
Ningún instrumento humano
habría podido producir una música tan pura.
Los pastores permanecieron
inmóviles.
La canción envolvía las piedras,
ascendía por las quebradas y viajaba sobre los bosques como si el aire mismo
hubiese aprendido a cantar.
Muchos aseguraron reconocer
la voz dulce de Jacinta.
Otros afirmaron que era el
propio cerro quien entonaba aquel misterioso canto.
Jamás encontraron a la
joven.
Tampoco volvieron a ver al
becerro.
Ambos parecían haberse
fundido para siempre con el misterio de la montaña.
Desde entonces, aquella
melodía recibió el nombre de Anti, expresión que los antiguos
sumbilcanos relacionaban con el encanto
del cerro, “el engaño”, el hechizo invisible mediante el cual las
montañas reclamaban para sí aquello que amaban.
Los años pasaron. Las
generaciones cambiaron. Pero la historia jamás fue olvidada.
Durante el rodeo del mes de
agosto, cuando los vaqueros reunían las reses para marcarlas y celebrar la
abundancia del campo, comenzaron a cantar aquella misma melodía que había
nacido en Picay.
El Anti dejó de ser
únicamente una leyenda. Se convirtió en el alma del Rodeo Sumbilcano. Sus notas
musicales acompañaban la danza, los cantos, las herranzas y las reuniones
comunales, recordando que toda tradición nace de una memoria compartida y que
algunas historias sobreviven porque el pueblo decide convertirlas en símbolo de
su identidad.
Aún hoy, cuando la neblina
desciende sobre los bosques de Picay y el viento se desliza entre las antiguas
bocaminas, los pobladores más ancianos guardan silencio.
Dicen que, si la noche es
serena y el corazón sabe escuchar, todavía puede oírse una voz femenina
cantando dulcemente entre los cerros de Picay. No es un canto de tristeza. Es
la memoria viva de Jacinta Felipe. Es el eco eterno del Anti.
Es la melodía que dio
origen al Rodeo Sumbilcano y que, generación tras generación, continúa
recordando que las leyendas más profundas nacen allí donde la historia y el
misterio deciden caminar de la mano.
EL TORO
MISTERIOSO DE PICAY
“El guardián de los tesoros
del cerro”
Escena recreada del toro misterioso de Picay
Entonces el
silencio adquiere peso.
Las hojas
dejan de murmurar.
Las aves
esconden su canto.
Hasta el
viento parece disimular su silbido.
Porque bajo
aquella tierra dormitan antiguas bocaminas abiertas muchos años atrás por
hombres que persiguieron las riquezas de la montaña. Son galerías oscuras,
profundas e interminables, donde la luz jamás consigue penetrar por completo y
donde, según la creencia de los mayores, permanecen ocultos tesoros
incalculables que ningún mortal podrá poseer mientras los espíritus tutelares
continúen custodiándolos.
Doña Mencia
Jiménez escuchó aquella historia siendo muy joven, cuando aún era frecuente
reunirse alrededor del fogón durante las largas noches de invierno. Los viejos
vaqueros de Picay hablaban con voz pausada, sin exageraciones ni sobresaltos,
como quien recuerda un acontecimiento verdadero que jamás debió ocurrir.
Ninguno
sonreía mientras narraba.
Todos
bajaban la mirada.
Porque
aquello no era un cuento para entretener niños.
Era un
recuerdo.
Era una
advertencia.
Corrían los
primeros años del siglo XX.
Los pastores
acostumbraban conducir sus ganados por los extensos pajonales de Picay desde el
amanecer hasta el ocaso. Conocían cada roca, cada manantial y cada árbol del
bosque. Sin embargo, existía una regla que ninguno quebrantaba.
Jamás
permanecer en la pampa durante las noches de luna llena.
Porque
sabían que un animal endemoniado corría bramando con furia por la pampa de
Picay.
Nadie sabía
cuándo apareció.
Algunos
aseguraban que existía desde el tiempo de los gentiles.
Otros
sostenían que había surgido el día en que la última veta de oro fue sellada por
la propia montaña para impedir que la ambición humana la profanara.
Pero todos
coincidían en una sola verdad.
Lo habían
visto.
Y nadie
olvidaba aquellos ojos.
Las noches
de luna eran extraordinariamente claras.
La inmensa
pampa quedaba cubierta por una claridad azulada que transformaba los pajonales
en un océano inmóvil de plata. Desde las cumbres descendía una brisa helada
impregnada del aroma húmedo del musgo y de la tierra recién respirada por la
neblina.
Entonces,
desde una de las antiguas bocaminas, comenzaba a escucharse un rumor profundo.
Primero era
un leve temblor.
Después un
resoplido cavernoso.
Finalmente,
el retumbar de unas pezuñas capaces de sacudir el suelo.
Y la montaña
abría su corazón.
Del oscuro
túnel emergía lentamente un enorme toro negro.
No había
otro animal igual en todos los hatos de Sumbilca.
Su piel era
tan oscura que parecía haber sido forjada con fragmentos de la propia noche.
Sobre el lomo, la luna dibujaba reflejos azulados semejantes al acero bruñido.
Sus músculos ondulaban con la fuerza contenida de un alud dispuesto a
precipitarse montaña abajo.
Los cuernos
ascendían hacia el cielo como dos medias lunas de obsidiana.
Pero eran
sus ojos los que detenían la respiración de quien lograba contemplarlos.
No eran ojos
de bestia.
Eran dos
brasas vivas.
Cada vez que
exhalaba, enormes llamaradas escapaban de su hocico iluminando los pajonales.
El fuego no consumía la hierba; simplemente danzaba sobre ella como si
obedeciera leyes desconocidas por los hombres.
Entonces el
toro emprendía su carrera.
Galopaba con
la velocidad del viento y con la furia de una tormenta levantando remolinos de
polvo y haciendo vibrar la quebrada con un bramido tan profundo.
Las pezuñas
golpeaban la tierra con un estruendo semejante al de los truenos.
Los pastores
observaban aquella visión escondidos detrás de grandes peñascos.
Nadie
hablaba.
Nadie
respiraba con tranquilidad.
Sabían que
contemplaban algo perteneciente a un mundo donde la razón carecía de dominio.
La leyenda
atravesó montañas y pueblos.
Llegó hasta
oídos de un cazador conocido por su extraordinaria puntería.
Había
recorrido muchos pueblos y provincias persiguiendo venados, vizcachas y pumas.
Jamás había
retrocedido ante peligro alguno.
Cuando
escuchó la historia del Toro de Picay, sonrió con desdén.
-Mientras
respire y tenga carne, caerá como cualquier otra criatura (-dijo-)
Los vaqueros
más ancianos intentaron persuadirlo.
-No desafíes
a los apus de la montaña.
Pero el
hombre solamente acarició el largo cañón de su escopeta.
Confiaba más
en el plomo que en las advertencias.
La luna
llena apareció aquella noche tan redonda y brillante que parecía suspendida
apenas sobre las cumbres.
El cazador
llegó antes del anochecer.
Escogió una
enorme roca próxima a una bocamina y permaneció oculto entre las sombras.
Las horas
transcurrieron lentamente.
El frío se
volvió intenso.
El silencio
era tan absoluto que podía escucharse el lento caer del rocío sobre las hojas.
De pronto,
la tierra vibró.
No era
imaginación.
La montaña
estaba respirando.
Desde el
interior de la galería brotó un resplandor rojizo.
Una
exhalación ardiente recorrió la quebrada.
Y entonces
apareció.
El inmenso
toro emergió con la majestad de un antiguo dios mitológico.
No caminaba.
Parecía
avanzar acompañado por la propia oscuridad.
Su aliento
incendiaba el aire.
Sus ojos
atravesaban la noche como dos astros encendidos.
Por primera
vez en muchos años, el cazador sintió cómo el miedo ascendía lentamente por su
pecho.
Era un miedo
antiguo.
Instintivo.
El mismo
temor que experimenta el hombre cuando comprende que ha cruzado el límite entre
el mundo conocido y el territorio de lo sagrado.
Pero el
orgullo habló más fuerte.
Apoyó
lentamente la culata contra su hombro.
Contuvo la
respiración.
Esperó.
Y disparó.
El estruendo
del disparo retumbo una y otra vez en toda la quebrada de Picay.
El proyectil
alcanzó el costado del astado.
El toro
lanzó un bramido estremecedor que desgarro el silencio e hizo desprender
pequeñas piedras de la ladera.
Durante un
instante, el tiempo pareció detenerse.
Después
comenzó a correr.
No huyó.
Se retiró
con la dignidad de un rey herido.
De la herida
brotaba una espesa corriente de sangre que teñía de rojo los pajonales mientras
desaparecía nuevamente hacia la oscuridad de la antigua bocamina.
Nadie se
atrevió a seguirlo.
Al despuntar
el alba, el cazador regresó acompañado por varios pastores.
Quería saber
de su presa
El sendero
de sangre permanecía intacto.
Avanzaron
lentamente.
Pero algo
extraordinario empezó a suceder.
La sangre
derramada comenzó a cambiar de color.
Primero
adquirió destellos amarillos.
Luego un
brillo metálico.
Finalmente,
allí donde había corrido la sangre aparecieron abundantes partículas de oro
puro que centelleaban bajo el primer sol de la mañana.
Los hombres
quedaron inmóviles.
Nadie
pronuncio palabra alguna.
Comprendieron
que no habían perseguido a un simple animal, sino a un ser perteneciente al
reino de los antiguos misterios, a un espíritu tutelar guardián de los tesoros
ocultos en las profundidades de Picay.
Ninguno tomó
más de lo necesario.
Ninguno
volvió a disparar contra el misterioso guardián.
Desde aquel
día el cazador fue un hombre distinto.
Se creía el
más valiente del monte.
Regresó
entendiendo que existen deidades vivas, dadores de vida, protectores que
vigilan los territorios.
Desde
entonces, los pastores continúan evitando las noches de luna llena en la
quebrada de Picay.
Los ancianos
siguen contando la historia a los más jóvenes alrededor del fuego, mientras las
llamas iluminan lentamente sus rostros envejecidos.
Y cuando la
luna asciende sobre los cerros de Sumbilca, todavía hay quienes aseguran haber
visto, entre la neblina plateada y el rumor de los bosques andinos, la
imponente silueta de un toro negro que galopa sin descanso, resoplando fuego
sobre la pampa, para recordar a los hombres que el oro pertenece únicamente al
espíritu eterno de la montaña.
Escribe:
Ruyer Espinoza Yupanqui






