martes, 26 de mayo de 2026

LA MIGRACIÓN SUMBILCANA: AÑO 1,900

 

LA MIGRACIÓN SUMBILCANA: AÑO 1,900

Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui


Imagen sintética que simula los viajes que realizaban los sumbilcanos por la ruta de Huachóc hacia la ciudad de Lima.


No es posible determinar con exactitud el momento en que se inició la migración de los pobladores de Sumbilca hacia la ciudad de Lima. Sin embargo, puede afirmarse que, durante los primeros años del siglo XX, ya existían sumbilcanos residiendo de manera permanente en la capital de la República. Asimismo, se tiene conocimiento de que, incluso antes de 1900, algunos habitantes de Sumbilca transitaban con frecuencia hacia Lima; no obstante, dicho desplazamiento aún no puede ser considerado propiamente un proceso migratorio estable, puesto que se trataba principalmente de una movilidad temporal vinculada a actividades comerciales y de intercambio económico.

En ese contexto, resulta importante señalar que, entre las décadas de 1910 y 1925, diversos grupos de sumbilcanos abandonaron temporalmente su lugar de origen para emplearse como peones golondrinos en las haciendas costeras del valle de Chancay. Este fenómeno respondió a la necesidad de obtener recursos económicos complementarios frente a las limitadas oportunidades laborales existentes en las zonas alto andinas. La migración estacional constituyó, por tanto, una de las primeras manifestaciones de movilidad social y económica de la población sumbilcana, configurando progresivamente redes de contacto entre el ámbito rural serrano y los espacios urbanos y agrícolas de la costa central peruana.

Las primeras incursiones hacia la ciudad de Lima se realizaron siguiendo la ruta de Huachóc hacia Comas. Los viajeros efectuaban el recorrido tanto a pie como utilizando animales de carga, especialmente mulas y burros, debido a la inexistencia de carreteras y medios de transporte modernos. La finalidad principal de estos desplazamientos era de carácter comercial, pues los pobladores transportaban productos agrícolas y ganaderos de la sierra —como papa, olluco, maíz, cebada, charqui, lana y derivados pecuarios— con el propósito de venderlos en los mercados limeños. Del mismo modo, aprovechaban el viaje para adquirir artículos manufacturados, herramientas, textiles y otros productos que no podían obtenerse fácilmente en su localidad de origen.

Estas travesías representaban verdaderas jornadas de sacrificio físico y resistencia humana. Los viajes por la ruta Huachóc–Trapiche tenían una duración aproximada de tres a cuatro días, dependiendo de las condiciones climáticas, la intensidad de la caminata y el estado de los caminos. Generalmente, los viajeros se desplazaban en grupos o caravanas, tanto por razones de seguridad como de apoyo mutuo, debido al constante riesgo de asaltos y accidentes durante el trayecto. La solidaridad entre paisanos constituyó un elemento fundamental para afrontar las dificultades del viaje y fortaleció los vínculos de identidad colectiva entre los migrantes sumbilcanos.

Cuando no se presentaban inconvenientes durante el recorrido, los viajeros ingresaban a Lima por la histórica Portada de Guía, ubicada en el actual cruce de las avenidas Francisco Pizarro, Túpac Amaru y Caquetá, en el distrito del Rímac. Posteriormente, continuaban su trayecto por la antigua calle Malambo —actual avenida Francisco Pizarro— hasta llegar al denominado Tambo de Huamantanga, lugar donde habitualmente pernoctaban y establecían contacto con otros migrantes procedentes de la sierra limeña.

El antiguo “Tambo de Huamantanga” desempeñó un papel de gran relevancia en la dinámica migratoria andina hacia Lima. Más que un simple hospedaje, constituyó un espacio de acogida comunal, integración social y articulación cultural para los migrantes provenientes de las provincias alto andinas del departamento de Lima, especialmente de la provincia de Canta. Dicho establecimiento funcionó como centro de residencia temporal, punto de encuentro entre paisanos y base organizativa para las actividades comerciales y religiosas desarrolladas por las comunidades migrantes. Asimismo, contribuyó al fortalecimiento de redes de solidaridad y reciprocidad que facilitaron la adaptación de los recién llegados al entorno urbano limeño.

Después de permanecer aproximadamente entre siete y ocho días en la capital, los viajeros emprendían el retorno hacia Sumbilca, enfrentando nuevamente las dificultades del extenso recorrido andino. Este constante desplazamiento de ida y vuelta no solo permitió el intercambio económico entre la sierra y la costa, sino que también favoreció la circulación de conocimientos, costumbres, experiencias y nuevas formas de organización social que, con el tiempo, influirían significativamente en las transformaciones culturales y económicas de la comunidad sumbilcana.

Posteriormente, durante la década de 1950, el proceso migratorio experimentó un incremento considerable con la llegada de la carretera al pueblo de Sumbilca. La construcción de vías de comunicación facilitó el acceso hacia Lima y otras ciudades costeras, reduciendo los tiempos de viaje y ampliando las posibilidades de desplazamiento permanente. Este acontecimiento marcó un punto de inflexión en la historia local, pues intensificó el éxodo poblacional hacia la capital y consolidó la migración como una estrategia de progreso económico, acceso educativo y búsqueda de mejores condiciones de vida para numerosas familias sumbilcanas.

En consecuencia, la migración sumbilcana debe entenderse como un proceso histórico complejo y gradual, estrechamente relacionado con factores económicos, sociales y territoriales. Más allá del simple desplazamiento geográfico, representó una experiencia colectiva de adaptación, supervivencia y construcción de nuevas identidades, mediante la cual los migrantes mantuvieron fuertes vínculos culturales y afectivos con su tierra de origen, al tiempo que participaron activamente en la transformación social y urbana de la ciudad de Lima.

 

 

 

 Los Pioneros de la Migración Sumbilcana


El artículo “los Pioneros de la Migración Sumbilcana”, fue publicado en la Revista “WALLPO” No. 04, página 22, el año 1982 - revista de la Asociación de Instituciones Sumbilcanas (AIS). Ahora publicamos el mismo artículo en una nueva versión corregida con estilo narrativo.


El alba de 1900 despertó sobre las montañas de Sumbilca como un manto dorado extendido por los dedos de Dios. El pequeño pueblo serrano, enclavado entre cerros silenciosos y quebradas antiguas, parecía respirar con la resignación milenaria de la tierra andina. Allí, donde el viento conversaba con las chachacomas,  y las campanas de la vieja iglesia rompían la quietud de las madrugadas, comenzó la travesía de aquellos hombres y mujeres que habrían de convertirse en los primeros conquistadores del camino hacia Lima.

En las humildes viviendas de adobe, el movimiento empezaba antes que el sol. Las mujeres avivaban el fuego de los fogones mientras el humo ascendía en espirales azulinas hacia los techos de teja rojiza. Los viajeros se preparaban para una empresa que muchos consideraban desmesurada: caminar durante cuatro días atravesando quebradas desérticas, llanuras secas y áridas para llegar a la gran capital.

Cada familia participaba del ritual de la despedida como si fuese una ceremonia sagrada. Las talegas eran llenadas con cancha tostada y trozos de queso anejo y de asado ennegrecido por el carbón; los porongos rebosaban de cachipa fresca para mitigar la sed en los parajes hostiles. Las mulas y los recios asnos aguardaban cargados con sacos de papas y ollucos, semejando pequeñas fortalezas ambulantes destinadas a desafiar la inmensidad del camino.

Los hombres, curtidos por la helada y el trabajo de la chacra, aparentaban firmeza; pero en el fondo de sus ojos ardía una mezcla de esperanza y temor. Sabían que el sendero de herradura no solo estaba poblado de precipicios y soledades, sino también de salteadores que acechaban como lobos invisibles en los descampados cercanos a Trapiche.

Cuando finalmente partieron, el pueblo entero observó la caravana alejarse lentamente por Antacoto. Los cascos de las bestias golpeaban las piedras con un eco grave y melancólico, mientras el polvo se levantaba detrás de ellos como una nube fantasmal. Las madres hacían la señal de la cruz; los niños corrían detrás de los viajeros hasta que el cansancio les vencía; y las ancianas, inmóviles en los umbrales, miraban perderse a sus familiares con la angustia muda de quien ignora si volverá a verlos.

El primer día de viaje estuvo dominado por la montaña. El camino ascendía y descendía entre peñascos gigantescos que parecían vigilar a los caminantes desde tiempos remotos. El frío mordía los rostros al amanecer y, al caer la tarde, el cansancio pesaba sobre los hombros como un yunque invisible. Sin embargo, ninguno se detenía. Avanzaban unidos, formando aquella pequeña caravana solidaria nacida del miedo compartido y de la necesidad mutua.

Al llegar la noche, encendieron una fogata en medio de un paraje desolado, después de Pacaybamba. El fuego iluminó sus semblantes endurecidos y proyectó sombras temblorosas sobre las rocas. Mientras comían en silencio, algunos recordaban las historias de viajeros despojados por bandidos; otros hablaban de Lima como si se tratase de una ciudad fabulosa, donde las calles nunca dormían y las tiendas rebosaban de mercancías maravillosas.

El segundo día fue más cruel. Las montañas quedaron atrás y el paisaje comenzó a transformarse en una vasta extensión seca y desolada. El desierto aparecía ante ellos como un océano inmóvil de arena y polvo. El sol caía verticalmente sobre los viajeros con una violencia abrasadora; el aire ardía en los pulmones y las gargantas se convertían en piedra reseca.

Aun así, seguían avanzando. Las bestias caminaban cabizbajas, arrastrando las cargas entre remolinos de tierra. De vez en cuando, alguno de los hombres levantaba la mirada hacia el horizonte infinito y sentía que el camino jamás terminaría. Pero había algo más poderoso que el agotamiento: la esperanza de vender sus productos en los mercados limeños y regresar al pueblo con dinero, telas finas y las “delicias” de la capital.

Al caer la tarde de aquel segundo día, divisaron a lo lejos unos jinetes desconocidos, que venían por la ruta de Huachóc. Un silencio denso se extendió entre los viajeros. Las manos se tensaron sobre las sogas de las recuas y los corazones comenzaron a golpear con fuerza. Durante unos instantes, el miedo se deslizó entre ellos como una serpiente oscura. Pero los jinetes continuaron de largo, perdiéndose entre las polvaredas del camino. Entonces, un suspiro colectivo alivió la tensión y la caravana prosiguió su marcha bajo un cielo rojizo que parecía incendiarse lentamente.

La tercera jornada estuvo marcada por el cansancio extremo. Los pies inflamados sangraban dentro de los “shucuys”; los cuerpos parecían doblarse bajo el peso del sueño y del esfuerzo. Sin embargo, cuando el amanecer comenzó a teñir el horizonte con tonos cenicientos, apareció ante sus ojos la silueta inmensa de Lima.

La ciudad emergía cubierta por una neblina húmeda y gris, tan distinta al aire puro de Sumbilca. Para aquellos hombres serranos, la capital parecía un monstruo gigantesco respirando humo y bullicio.

Finalmente, después de tres días de penosa travesía, llegaron a la Portada de Guía, el antiguo ingreso a Lima. Allí descargaron las recuas mientras el ruido de la ciudad los envolvía con su confusión interminable: pregones de vendedores, ruedas chirriantes, voces desconocidas y olores que mezclaban el mar, el carbón y la humedad.

Los viajeros contemplaron aquel mundo nuevo con asombro contenido. Algunos sintieron orgullo; otros, nostalgia inmediata por las montañas lejanas. Sin embargo, todos comprendieron que habían cruzado una frontera invisible: ya no eran únicamente campesinos de un remoto pueblo andino, sino pioneros de una ruta que cambiaría para siempre la historia de Sumbilca.

En los días siguientes venderían sus productos, recorrerían las calles limeñas y dormirían hacinados en el “Tambo Huamantanga”, donde el frío capitalino penetraba hasta los huesos. Pero ninguna incomodidad lograría borrar la grandeza de aquella primera odisea.

Porque mientras las noches húmedas de Lima envolvían a los viajeros, en lo profundo de los Andes, la tierra antigua de los ishcayantas esperaba silenciosamente el retorno de sus hijos; aunque también presentía, con la tristeza sabia de las montañas eternas, que la seductora ciudad terminaría conquistando el corazón de muchos de ellos.  

 Ruyer Espinoza Yupanqui.