viernes, 2 de enero de 2026

DANZA DE LOS NEGRITOS DE SUMBILCA “CACHAHUAY”





 


ORIGEN DE LAS CRUCES EN EL PERÚ

DANZA DE LOS NEGRITOS DE SUMBILCA “CACHAHUAY”

Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui


      Francisco Pizarro, denominado el Marqués de los Atavillos, fue el iniciador del culto a las cruces en el Perú poco después de su llegada a las tierras de Tumbes. Este hecho histórico no solo marcó el inicio de la implantación del credo católico en el territorio peruano, sino que también dio lugar a un proceso sistemático de imposición ideológica y religiosa sobre las poblaciones originarias. Los conquistadores españoles comprendieron que una dominación sostenida exclusivamente en la fuerza militar carecía de estabilidad si no se consolidaba mediante una conquista espiritual. En consecuencia, se propusieron desestructurar culturalmente al Imperio del Tahuantinsuyo mediante la coerción, la institucionalización del poder colonial y el empleo de estrategias doctrinarias destinadas a implantar una cultura considerada “civilizada”, en la que se exaltaba a un dios omnipotente y justo, pero que castigaba severamente a quienes eran catalogados como “pecadores”, generalmente identificados con los pueblos indígenas.

      La denominada guerra religiosa, impulsada por clérigos españoles y extirpadores de idolatrías, se prolongó durante todo el periodo colonial, alcanzando su mayor intensidad en las dos primeras centurias. Las huacas, pacarinas, shaguanes, callanes, cunupas, mallquis o munaos, machays y demás entidades sagradas del mundo andino fueron calificadas como perniciosas y peligrosas, por lo que se buscó su erradicación total. Tales creencias eran consideradas una amenaza para el dominio colonial, pues se estimaba que fomentaban la resistencia indígena, como ocurrió con la rebelión de Túpac Amaru II, quien, invocando al dios Sol de sus antepasados, se alzó contra el poder colonial.

En este contexto, los españoles recurrieron ampliamente al llamado “poder divino” de su dios para convertir a los indígenas, quienes, aferrados a sus deidades ancestrales, opusieron una resistencia persistente. Es entonces cuando emergen los relatos de milagros atribuidos a santos y santas, concebidos como instrumentos de persuasión para demostrar la supremacía de la fe cristiana ante los considerados incrédulos. Resulta significativo que dichos milagros, una vez cumplida su función evangelizadora, dejaran de manifestarse.

     En numerosos casos, estos supuestos milagros no fueron obra de una intervención divina, sino el resultado de acciones deliberadas por parte del clero español. Así surgieron relatos que se entrelazaron con leyendas locales, configurando narraciones híbridas que combinaban elementos prehispánicos con la fe católica. Ejemplos de ello son la aparición de la Virgen de la Cueva Santa de Pariamarca y la imagen mariana de Pacaraos, ambas con notables similitudes con la historia de Nuestra Señora de la Cueva Santa del Latonero (España, siglo XVI). De igual modo, la tradición del Señor de Huamantanga, en la provincia de Canta, datada a fines del siglo XVI, guarda paralelismos con el Señor de Huamantanga de Jaén (Cajamarca), hacia las décadas de 1870 y 1880, así como con la devoción al Señor de Canchapilca, en la provincia de Huaral. Estas narraciones, sorprendentemente coincidentes, se repiten en numerosas localidades del territorio nacional e incluso en otros espacios del mundo católico.

        Si bien el milagrerismo español logró un impacto considerable en una población habituada a la cosmovisión simbólica y ritual, la doctrina católica no logró imponerse de manera absoluta sobre los cultos ancestrales. En su lugar, se produjo un proceso de fusión que dio origen a un marcado sincretismo religioso. Para preservar sus antiguas deidades, los pueblos andinos optaron por enterrarlas simbólicamente junto a las cruces que se veían obligados a venerar. Paralelamente, los clérigos dominicos, responsables de la evangelización, reorganizaron las festividades católicas sobre la base de celebraciones indígenas preexistentes, generando una cultura híbrida con nuevos elementos sociales y culturales. De este proceso emergieron danzas y comparsas mestizas como los negritos, los huancos, los chunchitos, las pallas, la contradanza y el rodeo, las cuales acompañan hasta hoy las fiestas patronales de diversas localidades de la región Lima.

      La proliferación de relatos de milagros y castigos divinos contribuyó a que el periodo colonial, que se extendió aproximadamente por 290 años, sea considerado una etapa de profunda alteración de la conciencia colectiva del pueblo peruano, especialmente de las poblaciones indígenas. La visión politeísta andina se vio transformada de manera significativa; como señalaba un estudioso, “si antes se adoraban diez dioses, con la incorporación del dios español se pasó a once”.


                    Festividad de las cruces en el pueblo de Sumbilca Huaral (02-06 enero)



ORIGEN DE LAS CRUCES DEL PUEBLO DE SUMBILCA (HUARAL)

      En este contexto de confusión, incertidumbre y oscuridad espiritual para la población indígena, se fusionaron lo real y lo imaginario, dando lugar a una profusa producción de relatos míticos y fabulosos. Duendes, encantos, penas, viudas, diablos y diversas entidades sobrenaturales poblaron el imaginario colectivo. En Sumbilca surgieron narraciones impregnadas de misterio, como el Encanto de Capusa, la Leyenda del Diablo Mateo, el Toro misterioso de Picay, la Leyenda del paludismo, los Huancos de Tapar, el Juicio de Recaudilloso, el Toro frontino de Peña Grande, la Viuda de Quipón, la Serpiente de oro de Shaullimarca, la Dama encantada de Huallarenca, la Flama de Huitico, los Engaños de Alancho, el Gallinazo de Anaychaco, las Vacas cerreras y Campanatorre, entre muchas otras historias que conforman la tradición oral sumbilcana.

      La memoria oral sostiene que, cuando los pobladores se dirigían a cumplir labores agrícolas o realizaban viajes entre comunidades, eran víctimas de ataques atribuidos a duendes o aparecidos, quienes les arrojaban piedras o los extraviaban mediante encantamientos. El temor resultante llevó al abandono de chacras y ganado. Ante esta situación, el cura del pueblo —quien posiblemente contribuyó a reforzar la verosimilitud de tales relatos— dispuso la instalación de grandes cruces de madera en los principales caminos de acceso y salida del pueblo, con el fin de proteger a la población de los malos espíritus. En Sumbilca se erigieron cinco cruces en los parajes de Aurincay, Shaullimarca, Mitococha, Cunullallpa y Progreso. La etimología de estos topónimos sugiere significados simbólicos vinculados al imaginario local, tales como lugares de ocultamiento, límites comunales, lagunas sagradas o espacios asociados a fenómenos naturales, así: Aurincay, “lugar por donde desaparecen o se ocultan”; Shaullimarca, “limite del pueblo por donde crecen shaullis”; Mitococha, “laguna donde hay plantas de mitos”; Cunullallpa, “huaca o sitio sagrado donde caen relámpagos”.


DANZA DE LOS NEGRITOS DE SUMBILCA “CACHAHUAY”


                   Negritos de Sumbilca durante el tradicional concurso del 06 de enero




         En el pueblo de Sumbilca, entre el 2 y el 6 de enero, coincidiendo con la antigua festividad incaica del Qhapaq Raymi, se celebra la Fiesta de las Cruces. El principal símbolo de esta celebración es la danza de los Negritos de Sumbilca, también conocida como Cachahuay.

      El origen de esta danza se vincula a concepciones mestizas sobre entidades demoníacas o duendecillos del mundo andino, como la huaraclla o el muqui, que, según la tradición oral, atemorizaban a los pobladores cuando se alejaban del núcleo urbano. Asimismo, se reconoce una posible influencia de la región de Huánuco. Durante la época colonial, los hacendados españoles de dicha región solían conceder libertad temporal a sus esclavos negros desde la víspera del 24 de diciembre hasta el 6 de enero. En ese periodo, los esclavos celebraban con bailes y rituales dedicados al Niño Jesús. Aprovechando la ausencia de sus amos, muchos de ellos satirizaban y ridiculizaban a la élite colonial, vistiéndose con sus ropas y parodiando sus comportamientos. De esta práctica surgieron personajes como la marica o mariquía, el doctorcito y el caporal.

      La coreografía es presidida por el diablo mayor y su acompañante (capucho y marica), y a diferencia de danzas como la contradanza o los huancos, es ejecutada principalmente por jóvenes y niños, lo que explica el uso del diminutivo “negritos”. La musicalización está a cargo de conjuntos que emplean instrumentos mestizos, como el arpa y el violín, los cuales interpretan la denominada prueba, con variaciones melódicas según la cofradía o entidad participante.

     La danza de los negritos, con ligeras variaciones, se practica en numerosos pueblos del Perú bajo diversas denominaciones, como morenada, negrería, pachahuara, negreada, rey moreno, sacra, huaylía, atajo de negritos, corcovados o viejos de Navidad. En la región Lima destacan los Negritos de Sumbilca, San José, Chauca, Quipán y los Diablitos de Canta. En todos los casos, esta danza se encuentra estrechamente vinculada a festividades religiosas como la Fiesta de las Cruces, la Navidad y la Pascua de Reyes.

      Como expresión cultural afroandina, la danza de los negritos constituye una manifestación festiva de profundo sincretismo religioso y cultural. En ella convergen elementos occidentales y andinos, configurando una representación simbólica que hoy forma parte del patrimonio cultural del Perú, en tanto expresa la identidad y las raíces históricas de la nación.


La danza de Los Negritos de Huánuco es una de las manifestaciones culturales con mayor representación en todo el Perú. El Ministerio de Cultura declaró a la danza de los Negritos de Huánuco como Patrimonio Cultural de la Nación, por ser un género muy difundido en toda la región andina y que se ha convertido en un emblema de identidad para el departamento de Huánuco.



FESTIVIDADES DEL PERÚ DONDE SE INTERPRETA LA DANZA DE LOS NEGRITOS


      Se registra la presencia de esta danza en diversas festividades del país, entre ellas: Amazonas (Fiesta de las Cruces, 2 de mayo); Huaraz (Virgen del Rosario, 4 de octubre); San Jerónimo de Andahuaylas (Bajada de Reyes, 6 de enero); Antabamba (Navidad, 25 de diciembre); Huancavelica (Niño Perdido, 14 de enero); Collao (2 de enero); Huallán (Navidad, 25 de diciembre); El Carmen–Chincha (Virgen del Carmen, 27 de diciembre); Marco–Jauja (Niño Jesús, 25 de diciembre); Concepción, Chupaca y Chongos Alto (Bajada de Reyes, 6 de enero); Acobamba (Señor de Muruhuay, 2 de mayo); Vicco–Pasco (Niño Jesús, 2 de enero).

      La indumentaria de los Negritos de Sumbilca se compone de una máscara de cuero negro, con ojos prominentes y labios gruesos de color rojizo, que evocan la fisonomía de los esclavos africanos del periodo colonial. El vestuario se completa con una cotona o casaca de algodón, adornada con espejuelos y bordados de hilo dorado con motivos religiosos con colores distintivos que varían de acuerdo a cada entidad, así como con la montera o chalapinco, decorada con bellotas multicolores. Las piernas se cubren con bandas verdes, similares a las utilizadas por antiguos soldados.

      La danza se caracteriza por movimientos alegres y dinámicos, con giros, contoneos y figuras acrobáticas al ritmo del violín y el arpa. La armonía musical y la expresividad corporal generan una experiencia estética que cautiva los sentidos del espectador. El término cachahuay se asocia a una posible alteración fonética del vocablo quechua machahuay, que significa embriagar o cautivar los sentidos, aunque también podría derivar de quechway, que alude al acto de torcerse o doblarse, en alusión a los movimientos acrobáticos propios de esta danza.

Serie: RAÍCES DE MI PUEBLO-01-2026-Ruyer Espinoza Yupanqui

https://www.researchgate.net/publication/369917451_Raices_de_mi_Pueblo_Peru_DANZA_LOS_NEGRITOS_DE_SUMBILCA_CACHAHUAY