ORIGEN DE LAS CRUCES EN EL PERÚ
DANZA DE LOS NEGRITOS DE SUMBILCA “CACHAHUAY”
Escribe: Ruyer Espinoza Yupanqui
Francisco
Pizarro, denominado el Marqués de los Atavillos, fue el iniciador del
culto a las cruces en el Perú poco después de su llegada a las tierras de
Tumbes. Este hecho histórico no solo marcó el inicio de la implantación del
credo católico en el territorio peruano, sino que también dio lugar a un
proceso sistemático de imposición ideológica y religiosa sobre las poblaciones
originarias. Los conquistadores españoles comprendieron que una dominación
sostenida exclusivamente en la fuerza militar carecía de estabilidad si no se
consolidaba mediante una conquista espiritual. En consecuencia, se propusieron
desestructurar culturalmente al Imperio del Tahuantinsuyo mediante la coerción,
la institucionalización del poder colonial y el empleo de estrategias
doctrinarias destinadas a implantar una cultura considerada “civilizada”, en la
que se exaltaba a un dios omnipotente y justo, pero que castigaba severamente a
quienes eran catalogados como “pecadores”, generalmente identificados con los
pueblos indígenas.
La
denominada guerra religiosa, impulsada por clérigos españoles y extirpadores de
idolatrías, se prolongó durante todo el periodo colonial, alcanzando su mayor
intensidad en las dos primeras centurias. Las huacas, pacarinas, shaguanes,
callanes, cunupas, mallquis o munaos, machays y demás entidades sagradas del
mundo andino fueron calificadas como perniciosas y peligrosas, por lo que se
buscó su erradicación total. Tales creencias eran consideradas una amenaza para
el dominio colonial, pues se estimaba que fomentaban la resistencia indígena,
como ocurrió con la rebelión de Túpac Amaru II, quien, invocando al dios Sol de
sus antepasados, se alzó contra el poder colonial.
En este
contexto, los españoles recurrieron ampliamente al llamado “poder divino” de su
dios para convertir a los indígenas, quienes, aferrados a sus deidades
ancestrales, opusieron una resistencia persistente. Es entonces cuando emergen
los relatos de milagros atribuidos a santos y santas, concebidos como
instrumentos de persuasión para demostrar la supremacía de la fe cristiana ante
los considerados incrédulos. Resulta significativo que dichos milagros, una vez
cumplida su función evangelizadora, dejaran de manifestarse.
En numerosos
casos, estos supuestos milagros no fueron obra de una intervención divina, sino
el resultado de acciones deliberadas por parte del clero español. Así surgieron
relatos que se entrelazaron con leyendas locales, configurando narraciones
híbridas que combinaban elementos prehispánicos con la fe católica. Ejemplos de
ello son la aparición de la Virgen de la Cueva Santa de Pariamarca y la imagen
mariana de Pacaraos, ambas con notables similitudes con la historia de Nuestra
Señora de la Cueva Santa del Latonero (España, siglo XVI). De igual modo, la
tradición del Señor de Huamantanga, en la provincia de Canta, datada a fines
del siglo XVI, guarda paralelismos con el Señor de Huamantanga de Jaén
(Cajamarca), hacia las décadas de 1870 y 1880, así como con la devoción al
Señor de Canchapilca, en la provincia de Huaral. Estas narraciones,
sorprendentemente coincidentes, se repiten en numerosas localidades del
territorio nacional e incluso en otros espacios del mundo católico.
La
proliferación de relatos de milagros y castigos divinos contribuyó a que el periodo
colonial, que se extendió aproximadamente por 290 años, sea considerado una
etapa de profunda alteración de la conciencia colectiva del pueblo peruano,
especialmente de las poblaciones indígenas. La visión politeísta andina se vio
transformada de manera significativa; como señalaba un estudioso, “si antes se
adoraban diez dioses, con la incorporación del dios español se pasó a once”.
Festividad de las cruces en el pueblo de Sumbilca Huaral (02-06 enero)
ORIGEN DE LAS CRUCES DEL PUEBLO DE SUMBILCA (HUARAL)
En este
contexto de confusión, incertidumbre y oscuridad espiritual para la población
indígena, se fusionaron lo real y lo imaginario, dando lugar a una profusa
producción de relatos míticos y fabulosos. Duendes, encantos, penas, viudas,
diablos y diversas entidades sobrenaturales poblaron el imaginario colectivo.
En Sumbilca surgieron narraciones impregnadas de misterio, como el Encanto
de Capusa, la Leyenda del Diablo Mateo, el Toro misterioso de
Picay, la Leyenda del paludismo, los Huancos de Tapar, el Juicio
de Recaudilloso, el Toro frontino de Peña Grande, la Viuda de
Quipón, la Serpiente de oro de Shaullimarca, la Dama encantada de
Huallarenca, la Flama de Huitico, los Engaños de Alancho, el Gallinazo
de Anaychaco, las Vacas cerreras y Campanatorre, entre muchas
otras historias que conforman la tradición oral sumbilcana.
La memoria
oral sostiene que, cuando los pobladores se dirigían a cumplir labores
agrícolas o realizaban viajes entre comunidades, eran víctimas de ataques
atribuidos a duendes o aparecidos, quienes les arrojaban piedras o los
extraviaban mediante encantamientos. El temor resultante llevó al abandono de
chacras y ganado. Ante esta situación, el cura del pueblo —quien posiblemente
contribuyó a reforzar la verosimilitud de tales relatos— dispuso la instalación
de grandes cruces de madera en los principales caminos de acceso y salida del
pueblo, con el fin de proteger a la población de los malos espíritus. En
Sumbilca se erigieron cinco cruces en los parajes de Aurincay, Shaullimarca,
Mitococha, Cunullallpa y Progreso. La etimología de estos topónimos sugiere
significados simbólicos vinculados al imaginario local, tales como lugares de
ocultamiento, límites comunales, lagunas sagradas o espacios asociados a
fenómenos naturales, así: Aurincay,
“lugar por donde desaparecen o se ocultan”; Shaullimarca, “limite del pueblo
por donde crecen shaullis”; Mitococha, “laguna donde hay plantas de mitos”;
Cunullallpa, “huaca o sitio sagrado donde caen relámpagos”.
DANZA DE LOS NEGRITOS DE SUMBILCA “CACHAHUAY”
Negritos de Sumbilca durante el tradicional concurso del 06 de
enero
En el pueblo
de Sumbilca, entre el 2 y el 6 de enero, coincidiendo con la antigua festividad
incaica del Qhapaq Raymi, se celebra la Fiesta de las Cruces. El
principal símbolo de esta celebración es la danza de los Negritos de Sumbilca,
también conocida como Cachahuay.
El origen de
esta danza se vincula a concepciones mestizas sobre entidades demoníacas o
duendecillos del mundo andino, como la huaraclla o el muqui, que,
según la tradición oral, atemorizaban a los pobladores cuando se alejaban del
núcleo urbano. Asimismo, se reconoce una posible influencia de la región de
Huánuco. Durante la época colonial, los hacendados españoles de dicha región
solían conceder libertad temporal a sus esclavos negros desde la víspera del 24
de diciembre hasta el 6 de enero. En ese periodo, los esclavos celebraban con
bailes y rituales dedicados al Niño Jesús. Aprovechando la ausencia de sus
amos, muchos de ellos satirizaban y ridiculizaban a la élite colonial,
vistiéndose con sus ropas y parodiando sus comportamientos. De esta práctica
surgieron personajes como la marica o mariquía, el doctorcito
y el caporal.
La
coreografía es presidida por el diablo mayor y su acompañante (capucho y
marica), y a diferencia de danzas como la contradanza o los huancos, es
ejecutada principalmente por jóvenes y niños, lo que explica el uso del
diminutivo “negritos”. La musicalización está a cargo de conjuntos que emplean
instrumentos mestizos, como el arpa y el violín, los cuales interpretan la
denominada prueba, con variaciones melódicas según la cofradía o entidad
participante.
La danza de
los negritos, con ligeras variaciones, se practica en numerosos pueblos del
Perú bajo diversas denominaciones, como morenada, negrería, pachahuara,
negreada, rey moreno, sacra, huaylía, atajo de negritos, corcovados o viejos de
Navidad. En la región Lima destacan los Negritos de Sumbilca, San José, Chauca,
Quipán y los Diablitos de Canta. En todos los casos, esta danza se encuentra
estrechamente vinculada a festividades religiosas como la Fiesta de las Cruces,
la Navidad y la Pascua de Reyes.
Como
expresión cultural afroandina, la danza de los negritos constituye una
manifestación festiva de profundo sincretismo religioso y cultural. En ella
convergen elementos occidentales y andinos, configurando una representación
simbólica que hoy forma parte del patrimonio cultural del Perú, en tanto
expresa la identidad y las raíces históricas de la nación.
La danza de Los Negritos de Huánuco es una de las
manifestaciones culturales con mayor representación en todo el Perú. El
Ministerio de Cultura declaró a la danza de los Negritos de Huánuco como
Patrimonio Cultural de la Nación, por ser un género muy difundido en toda la
región andina y que se ha convertido en un emblema de identidad para el
departamento de Huánuco.
FESTIVIDADES DEL PERÚ DONDE SE INTERPRETA LA DANZA DE LOS NEGRITOS
Se registra
la presencia de esta danza en diversas festividades del país, entre ellas: Amazonas (Fiesta de las Cruces, 2 de mayo); Huaraz (Virgen del Rosario, 4 de
octubre); San Jerónimo de Andahuaylas (Bajada de Reyes, 6 de enero); Antabamba
(Navidad, 25 de diciembre); Huancavelica (Niño Perdido, 14 de enero); Collao (2
de enero); Huallán (Navidad, 25 de diciembre); El Carmen–Chincha (Virgen del
Carmen, 27 de diciembre); Marco–Jauja (Niño Jesús, 25 de diciembre);
Concepción, Chupaca y Chongos Alto (Bajada de Reyes, 6 de enero); Acobamba
(Señor de Muruhuay, 2 de mayo); Vicco–Pasco (Niño Jesús, 2 de enero).
La
indumentaria de los Negritos de Sumbilca se compone de una máscara de cuero
negro, con ojos prominentes y labios gruesos de color rojizo, que evocan la
fisonomía de los esclavos africanos del periodo colonial. El vestuario se
completa con una cotona o casaca de algodón, adornada con espejuelos y bordados
de hilo dorado con motivos religiosos con colores
distintivos que varían de acuerdo a cada entidad, así como con la montera o chalapinco,
decorada con bellotas multicolores. Las piernas se cubren con bandas verdes,
similares a las utilizadas por antiguos soldados.
La danza se
caracteriza por movimientos alegres y dinámicos, con giros, contoneos y figuras
acrobáticas al ritmo del violín y el arpa. La armonía musical y la expresividad
corporal generan una experiencia estética que cautiva los sentidos del
espectador. El término cachahuay se asocia a una posible alteración
fonética del vocablo quechua machahuay, que significa embriagar o
cautivar los sentidos, aunque también podría derivar de quechway, que
alude al acto de torcerse o doblarse, en alusión a los movimientos acrobáticos
propios de esta danza.
Serie: RAÍCES DE MI PUEBLO-01-2026-Ruyer Espinoza Yupanqui
https://www.researchgate.net/publication/369917451_Raices_de_mi_Pueblo_Peru_DANZA_LOS_NEGRITOS_DE_SUMBILCA_CACHAHUAY



